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Edward Hopper: El existencialismo era eso

In Uncategorized on junio 16, 2010 at 12:49 pm


Muxía

Cargado originalmente por Norto

Del 27 de Mayo al 5 Septiembre del 2004 se pudo contemplar en la Tate Modern de Londres una exposición de uno de los pintores más influyentes del pasado siglo: Edward Hopper. Y digo grande, puesto que cuando un pintor influye más allá de lo estrictamente pictórico y se aposenta en lo cotidiano de la mano de lenguajes tan dispares como el cine, la fotografía, la publicidad y un largo etcétera, es cuando intuimos que estamos ante alguien significativo.

Y allí aterricé el 27 de Agosto en la “Tate” dispuesto a ver uno de los artistas que más me habían marcado. Haciendo pacientemente cola me preguntaba qué tenia aquel señor calmo de pinturas en apariencia tranquilas para arrastrar a tal cantidad de gente e inducirlas al voyeurismo activo de sus obras.

Y digo voyeurismo porque las obras de Hopper no dejaban lugar a dudas. Todos nos sentíamos espectadores intrusos de escenas aparentemente superfluas, pero de una intimidad y de una transcendentalidad extraña. Desde el fondo mismo de lo cotidiano. Hopper utiliza un teatrillo que todos representamos día a día y eso es lo que nos involucra en su obra y nos hace espectadores furtivos. Precisamente porque sus cuadros no buscan asaltar sensitivamente al espectador, eso hace que tengamos que acercarnos y entrar. Y lo consigue, porque Hopper utiliza a su vez una estética y una paleta muy cinematográfica y fotográfica. Quizá sea esta la clave de porqué su visión pictórica ha influido tanto en estos campos y a la vez, porqué se ha asimilado su lenguaje con tanta celeridad.

Pero Hopper se vale de esa retina fácil para dar un mensaje un poco más críptico, y esa es su gran baza. El artista desnuda sus composiciones hasta el punto de dejar los mínimos referentes que contextualicen la escena. Esto da a sus composiciones ese ambiente calmo, limpio y desangelado para poner de relevancia la persona y ése instante exacto y nimio qué a él le conmueve y que nos pasa cada día desapercibido. Él, al igual que fuera Vermeer o Vilhelm Hammershøi, era un preciosista de los momentos silenciosos, los menos magnos, los que a menudo son el gérmen de acontecimientos y los personajes que habitan sus obras son personas que en un momento determinado de cotidianidad delirante se abstraen, se detienen un momento y se dejan llevar por sus pasiones. Son seres que no interactúan aparentemente con nada ni nadie. Parece como si fuese la primera vez que ellos mismos estableciesen ese diálogo interno. Escenas cotidianas en despachos, gasolineras, teatros… de una corrección tan aberrante que parece que hagan trizas nuestra autocomplacencia en ese instante tan preciso. Y eso es lo que parece ser que es lo que persigue Hopper durante toda su obra.

Un último cuadro cerraba la exposición. Al año siguiente de esta obra moriría el artista. Por primera vez aparece una mujer y un hombre cogidos de la mano y no aislados en su mundo. No están perdidos en cavilaciones extrañas, pero hay un detalle poderoso: son dos arlequines o clowns y el cuadro se titula: Two comediants; Dos comediantes (1966) que con la mano en el pecho hacen gestos de estar cerrando una función para no se sabe quién. ¿Quizás su público? ¿Un agradecimiento final del artista a los que admiraron su obra? ¿Somos acaso al fin y al cabo esos clowns en este absurdo teatrillo cotidiano? Y con esas conjeturas, ensimismado, me alejé de la “Tate” y creí ser otro absorto personaje de un cuadro de Edward Hopper.

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Sobre la virtualización

In Uncategorized on junio 12, 2010 at 12:41 pm




¿Porqué el ser humano es tan recalcitrante? ¿Porqué gestionamos tan mal los cambios? ¿Por qué pensamos que todo es para siempre e invariable aún sabiendo inconscientemente que no es así? Heráclito de Éfeso ya insistió hasta la saciedad en la universalidad del cambio: “nada permanece” Lo digo porque vivimos en una época en la cual cada vez los cámbios son más acusados y menos dilatados en el tiempo. Si no estamos preparados para eso habrá una fractura cada vez más grande entre los que son flexibles y adaptables y los que no. Una especie de Darwinismo digital. A colación de las nuevas tecnologías, aún hay gente que se aferra a lo físico y se niega a la virtualización minusvalorando los avances. Recuerdo cuando estudiaba fotografía y empezaron a salir las primeras cámaras digitales las voces que se alzaron contra esa herejía ¿Acaso no ha permitido eso un acceso y un intercambio más asequible del arte fotográfico? Seguramente para los primeros que vieron una copia impresa de un libro en la época de Gutemberg pensaron que quizá esos libros no tenían “alma” dado que ya no estaban hechos a mano, sino mecánicamente. Sintieron quizá lo mismo que los primeros que vieron que toda la discografía de los Beatles cabía en un simple CD comprimida en MP3. Y ahora con los libros también…que si un libro físico en la mano no es lo mismo que leer en un frío ordenador o ebook. Pero bueno… Parece que confundimos la ritualización con experiencia central. Somos animales rituales desde que empezó nuestra aventura expansionista en la época que vivíamos en cuevas y seguimos manteniendo rituales aunque ahora ya no sea para cazar un mamut. No es que me manifieste en contra, pero creo que hay que ver la ganancia secundaria de todo ésto y no confundir el ritual con la ventaja de la universalización de la transmisión de cultura: libros, fotos, música. Eso es realmente lo que importa. El ritual no ha desaparecido, sólo ha sido sustituido por otro. La virtualización de la cultura es ya una nueva revolución similar a la que hizo Gutemberg. Todo lo demás son argumentos rupestres e inmovilistas. Y los que quieran seguir manteniendo su modelo de la realidad, o su modelo de negocio tendrán que acostumbrarse a ser exóticos de ahora en adelante.

Lo que nos queda

In Uncategorized on octubre 16, 2008 at 6:50 pm

Nos queda el recogimiento, que hace de nuestro vello antenas receptoras capaces de percibir un simple aliento cansado. Ese era el ser superior. El ser que no tenía sexo ni estatus, ni necesitaba pagar facturas. El ser que no entendía la libertad como algo enquistado en el imaginario romántico que hay que extirpar ante la impotencia y el miedo a entenderla. La libertad no es algo propio. No es algo de lo cual se pueda disponer y disfrutar individualmente. “Libertad propia” son dos palabras que se enrancian juntas; no fluyen y se estancan. No hemos venido. No nos hemos celebrado. Hace tiempo que no dejamos rastro porque no rastreamos. Dejamos huérfana la curiosidad, la capacidad de arquear las cejas, de oler las piedras, de empezar el día por la puerta de atrás y lavarnos las manos lentamente. No hay fiestas y los días señalados son cicatrices con forma de sonrisa amarga. Compramos alimentos pero estamos desnutridos. Espiamos al vecino porque su vida nos parece más interesante y el vecino, a su vez, mira los programas del corazón por que quiere huir de su vida de infarto. Se huye. Se ahuyentan los perros que vienen a morder lo que les hemos arrebatado con anterioridad “legalmente” y les golpeamos sin piedad con todo el peso de nuestra ley. La ley avanzada. La ley subterránea que fluye por las alcantarillas del mundo. Ese olor que todo lo empapa. Y nos resfriamos…Hay miles de alcantarillas, miles de depuradoras, miles de canalizaciones que quieren ocultar…no dan abasto…desde la superficie seguimos inyectando e inyectando sin parar. Esos son los cimientos de nuestro orden cotidiano. Ocultar sobre qué nos sustentamos y en detrimento de quienes. Parar…es difícil parar cuando la información fluye en décimas de segundo, la comida se hace en cinco minutos, 18000 canciones ocupan el tamaño de un supositorio y tenemos 15 minutos para hacer el amor, media hora para comer y los coches van cada vez más deprisa. Nos dan velocidad para distraernos. Nos dan sobredosis de información pretendidamente diferente y contrastada. Un contraste de gris sobre gris y al mismo tiempo es blanco o negro. Más velocidad y más multas por exceso de velocidad. Libertad de expresión y castigos por no ser políticamente correctos. Creímos haber escapado y vamos cayendo en pequeñas ratoneras. Tenemos miedo aun sabiendo que podemos. Bastaría con levantar la mano y al levantarla alguien todos agachamos la cabeza mientras ese alguien se lo lleva ese brazo mecánico, como una máquina de esas que coge peluches entre un montón deshumanizado. Peluches hechos por niños para niños a un muy módico precio.Precio, el precio, valores. Educar en valores para luego ocupar nichos de mercado.Cotizaciones al alza, índices bursátiles, mercados, facturaciones, opas, acciones, targets a los cuales disparar productos. Seguimos siendo cazadores y las presas se llaman clientes. Centros comerciales, pagos fraccionados, letras, comisiones, préstamos….facilidades para las presas para seguir siendo presas. Las ideologías generan carne para la causa y el capitalismo simples clientes. Nos acercamos a la tienda y las puertas se abren… el sensor indica al tendero mediante una inquietante melodía que ha llegado el cliente; la presa. Los sensores de salida le indican mediante otro tipo de pitido si hemos olvidado que las cosas tienen un valor monetario… Olvidar, olvidar siempre. Olvidar que ayer nos levantamos a la misma hora, desayunamos lo mismo y desempeñamos el mismo trabajo…buscar clientes y los clientes buscan a su vez más clientes y esos clientes tienen trabajos que buscan a su vez más clientes. El vecino quizá pueda ser un cliente y ganarse un dinero trayendo, a su vez, más clientes. Pirámides de clientes. Faraónicas empresas. Los faraones hicieron las pirámides con un sentido existencial y cósmico. Nosotros nos quedamos con el croquis de esa estructura piramidal y nuestra existencia eterna se propagará reducida a ceros y unos. Seremos recordados poco más que por un algoritmo. Y no vale huir. Es un cobarde el que no se atreve…un inmaduro. Pisamos la tierra, la horadamos, le clavamos estacas en el corazón cuando nosotros somos los vampiros y la acotamos con alambres de espino. También dividimos los mares e incluso algo tan gaseoso y volátil como el aire…Todo es nuestro, todo es divisible.Nos ha costado mucho poder decir que la podemos destruir sólamente para fanfarronear y así dividirla en miles de pedazos. La miseria humana crece al ritmo que marca los mercados internacionales. El producto interior bruto crece. La riqueza es un concepto extraño en boca de un animal que extrañamente lo olvidó. Ese animal que se huye y piensa que se puede generar riqueza resquebrajando el suelo que pisa. Esa riqueza tan racional, tan limpia observando la evolución de su especie ejecutiva en el ordenador del despacho sobre la mesa de caoba.

Pero…¿sobreviviremos? es decir…a nosotros mismos…a ese cerebro burlón que siempre pide más como el niño que pide la golosina cada vez más grande y en los peores momentos. Ese niño que no sabe que las cosas valen dinero. Que el dinero es la tabla de salvación para cualquier cosa. Ese niño que estudiará lo que sea más rentable y no lo que la curiosidad o lo que hierva dentro de él dicte. Ese niño que pedirá de mayor otras golosinas, más caras, más inútiles, más envilecedoras. Ese niño grande que se distraerá de todo, incluso de si mismo y obviará que los demás respiran como él. Replicará pautas, errores. Meterá en los ordenadores, a su vez, esos errores de un ser errado y errante y esos errores se replicarán hasta la locura de máquina en máquina, de móvil en móvil, de memoria en memoria, de conflicto en conflicto. Ese adulto malcriado, zafio, subhumano que no sabe ni sabrá que las golosinas no nutren. Sólo son distracciones sintéticas mecánicas o dietéticas para un cuerpo que no existe porque no le queda nada. Ese adulto que es adulto porque cumple años pero no madura y aún así se pudre estando verde. Ese adulto que un día fué un simio y se subió a la roca para mirar a lo lejos y conquistarlo todo debería subir de nuevo para ver con perspectiva y en lugar de erguirse sentarse a reflexionar para empezar a replegarse. Es hora de tocar a retirada. Frenar. Hincar los codos. Descalzarse y diluirse. Desdibujarse y encontrarse en esa habitación en la que nos encontramos y encontramos lo que nos subyace a todos. Hay que estar preparados para quedarse en el camino si es necesario pero los pasos torpes son obligados si se quiere aprender a andar y qué significa andar. Eso forma parte del trato. Formamos parte de algo. Estamos formados de muchas cosas que se interrelacionan entre sí y nosotros, a su vez debemos interrelacionarnos y crear nuevas relaciones de equilibrio. Con sus errores, sus sendas azarosas y espinosas, pero eso forma parte también del equilibrio y ya sabemos que el equilibrio no es algo perfecto. Sencillamente no existe el punto medio. El funambulista nunca está quieto para no caerse. Siempre está en movimiento y no busca el punto porque sabe que sólo existe en su cabeza. Sabe que la cabeza le traiciona muchas veces y que una brizna de viento tanto le puede derribar como ayudar a mantener el equilibrio…y puede ser sobrecogedora…tan sobrecogedora, que desde la cima de la roca le haga llorar….una simple brizna de viento…una simple brizna que le indique hacia donde, sobre qué mirarse y reconocerse. Y porqué el aliento cansado del viento puede ser un resorte tan poderoso que desencadene todo ésto…y erizarse el vello…de nuevo


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