Del 27 de Mayo al 5 Septiembre del 2004 se pudo contemplar en la Tate Modern de Londres una exposición de uno de los pintores más influyentes del pasado siglo: Edward Hopper. Y digo grande, puesto que cuando un pintor influye más allá de lo estrictamente pictórico y se aposenta en lo cotidiano de la mano de lenguajes tan dispares como el cine, la fotografía, la publicidad y un largo etcétera, es cuando intuimos que estamos ante alguien significativo.
Y allí aterricé el 27 de Agosto en la “Tate” dispuesto a ver uno de los artistas que más me habían marcado. Haciendo pacientemente cola me preguntaba qué tenia aquel señor calmo de pinturas en apariencia tranquilas para arrastrar a tal cantidad de gente e inducirlas al voyeurismo activo de sus obras.
Y digo voyeurismo porque las obras de Hopper no dejaban lugar a dudas. Todos nos sentíamos espectadores intrusos de escenas aparentemente superfluas, pero de una intimidad y de una transcendentalidad extraña. Desde el fondo mismo de lo cotidiano. Hopper utiliza un teatrillo que todos representamos día a día y eso es lo que nos involucra en su obra y nos hace espectadores furtivos. Precisamente porque sus cuadros no buscan asaltar sensitivamente al espectador, eso hace que tengamos que acercarnos y entrar. Y lo consigue, porque Hopper utiliza a su vez una estética y una paleta muy cinematográfica y fotográfica. Quizá sea esta la clave de porqué su visión pictórica ha influido tanto en estos campos y a la vez, porqué se ha asimilado su lenguaje con tanta celeridad.
Pero Hopper se vale de esa retina fácil para dar un mensaje un poco más críptico, y esa es su gran baza. El artista desnuda sus composiciones hasta el punto de dejar los mínimos referentes que contextualicen la escena. Esto da a sus composiciones ese ambiente calmo, limpio y desangelado para poner de relevancia la persona y ése instante exacto y nimio qué a él le conmueve y que nos pasa cada día desapercibido. Él, al igual que fuera Vermeer o Vilhelm Hammershøi, era un preciosista de los momentos silenciosos, los menos magnos, los que a menudo son el gérmen de acontecimientos y los personajes que habitan sus obras son personas que en un momento determinado de cotidianidad delirante se abstraen, se detienen un momento y se dejan llevar por sus pasiones. Son seres que no interactúan aparentemente con nada ni nadie. Parece como si fuese la primera vez que ellos mismos estableciesen ese diálogo interno. Escenas cotidianas en despachos, gasolineras, teatros… de una corrección tan aberrante que parece que hagan trizas nuestra autocomplacencia en ese instante tan preciso. Y eso es lo que parece ser que es lo que persigue Hopper durante toda su obra.
Un último cuadro cerraba la exposición. Al año siguiente de esta obra moriría el artista. Por primera vez aparece una mujer y un hombre cogidos de la mano y no aislados en su mundo. No están perdidos en cavilaciones extrañas, pero hay un detalle poderoso: son dos arlequines o clowns y el cuadro se titula: Two comediants; Dos comediantes (1966) que con la mano en el pecho hacen gestos de estar cerrando una función para no se sabe quién. ¿Quizás su público? ¿Un agradecimiento final del artista a los que admiraron su obra? ¿Somos acaso al fin y al cabo esos clowns en este absurdo teatrillo cotidiano? Y con esas conjeturas, ensimismado, me alejé de la “Tate” y creí ser otro absorto personaje de un cuadro de Edward Hopper.
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