Historia

¿Qué es una civilización? Desmontando el occicentrismo de la historia.

Cuando llegan las navidades, las casas y las calles se llenan de simbología religiosa que se pierde en la noche de los tiempos, más allá incluso de la propia religión cristiana. Cultos y rituales extintos, muchos de ellos semíticos, que han influido decisivamente en nuestra civilización y que nos remiten a tiempos en que realidad y religión no eran términos antagónicos, sino corpus de una misma cosa. Y esa noche de los tiempos se haya en buena medida en las civilizaciones afroasiáticas, un conjunto de civilizaciones y culturas que comparten el nexo común de un conjunto de lenguas emparentadas entre sí desde el corazón de África hasta Mesopotamia.

V. Gordon Childe a mediados del S. XX estipuló que se consideraba civilización cualquier cultura que tuviese una tecnología avanzada, un urbanismo desarrollado, así como escritura. Resulta significativo como en la actualidad aún seguimos repitiendo esos clichés de civilización actualizando esos mismos conceptos, despreciando a otras civilizaciones como poco desarrolladas si no llegan a unos determinados niveles de excelencia estipulados por occidentales. Nuestro occicentrismo no es algo nuevo. Aparte del territoralismo innato a nuestra especie, asirios, hebreos, egipcios y otras muchas culturas compartieron visiones etnocéntricas parecidas y se influyeron unos a otros fundando las primeras grandes civilizaciones de la historia, aunque esa influencia no supuso un aculturamiento entre sí.

Para los egipcios el faraón es el intermediario entre el mundo de los dioses y el mundo de los humanos y a su vez es un dios en sí. Su función es la de mantener el orden cósmico y prístino, un orden estático y reiterativo que hay que preservar ante el caos. Un caos que siempre sale derrotado ante el poder de los dioses, mediante el guía que es el faraón. Hasta hace poco, estas luchas fueron vistas como meras luchas territoriales y a los faraones como déspotas exóticos sin ahondar en el sentimiento religioso que imbuía cada acto de ésta civilización. En realidad las guerras eran una lucha contra el caos, encarnado en el enemigo extranjero.

Los asirios, un pueblo mesopotámico, también compartían esa visión. Sinónimo de ellos mismos era la civilización y el orden, en cambio, sus enemigos, ni siquiera llegaban a la categoría de personas. Era, una guerra contra el caos. Guerras que se hacían en base a señales de los dioses y que los reyes, sus intermediarios, acataban. El rey mesopotámico no es un dios; es “simplemente” un “gran hombre” y, al igual que los egipcios, los dioses estaban inspirados en las fuerzas de la naturaleza. Así, el papel del rey mesopotámico está menos diluido en la figura de un dios como en Egipto. Eso, unido a que los restos escritos en Mesopotamia, tenían una función más administrativa o profana que mítica hacen más rico en certezas históricas lo que allí aconteció. Y es que en Egipto nunca la realidad y la religión estuvieron tan difuminadas. El discurso mítico egipcio niega la historia, en cuanto a su especificidad y cronología, ya que lo más importante es mantener esa homeostasis arquetípica trascendente y prístina. Una letanía infinita sobre cómo el faraón guía a su pueblo una y otra vez al mismo punto de inmutabilidad cósmica.
Por eso el historiador tiene que traducir esos tópicos y cotejar fuentes diferentes, al igual que con los escritos bíblicos, lo que ahí se expresa. El tiempo y el cosmos egipcio es algo perenne. En cambio, el mesopotámico se siente a merced de las circunstancias. Eso se debe en buena medida a que en Mesopotamia las lluvias no tienen la regularidad de las crecidas del Nilo y están más expuestos que los egipcios a las guerras con pueblos cercanos. Los egipcios, en cambio viven más aislados y eso hace que perciban su entorno como algo más inalterable. Esa estabilidad se convierte en objetivo inamovible. Su arte ejemplifica ese universo elegantemente ordenado. Imágenes que representan al faraón encarnando el pueblo entero luchando contra los enemigos: el caos. Por otro lado, pirámides y templos representan ese orden eterno de proporciones matemáticas asombrosamente conjugadas con los astros. La civilización entera rezuma orden y fuera de ésta: barbarie.

Dicho ésto, vemos que hasta un pasado reciente no se ha empezado a analizar la historia sin un sesgo eminentemente occidental. Un ejemplo de esos sesgos históricos tuvo lugar a finales del S. XIX debido a la fiebre de la arqueología bíblica. Los textos bíblicos sufrieron una auténtica urgencia por corroborar lo que La Biblia decía excavando en tierra santa. Y nada más peligroso, a efectos de imparcialidad, que un occidental cristiano, analizando los textos sagrados de los cuales se nutre buena parte de la propia cultura de la cual proviene. Pero antes analicemos un poco a las civilizaciones hebreas: Judá e Israel. Para empezar, el pueblo judío introdujo la primera gran religión monoteísta de la historia. Durante el exilio en Babilonia, a principios del S.I a.c. los judíos se dedicaron a fijar, mediante la escritura, las tradiciones y acontecimientos pasados convirtiéndolos en primordiales para el pueblo judío y eso fue el origen de su religión. Tradiciones y religión pronto se concentraron en las sinagogas y éstas sirvieron como aglutinantes de las diásporas del pueblo judío. En cambio, el rey hebreo era de lo más profano. Mediador y guerrero, pero no líder religioso, ya que para ello estaban los sacerdotes. Sacerdotes al servicio de un dios creador bajo el cual todo estaba a su merced, por eso la naturaleza pierde radicalmente su carácter sagrado en la cultura judaica. Ese vínculo se rompió ahí y así seguimos los occidentales, judeocristianos culturales, tratando a la naturaleza.

Fisiológicamente, nuestro cerebro, siempre intenta rellenar los huecos de información con su propia “información” y eso es lo que ha ocurrido a nivel histórico. Se ha intentado llenar lo que no cubrían los restos arqueológicos con los escritos bíblicos. No se puede racionalizar el dogma, ni decir que los escritos mienten, porque no buscan certeza, sino “verdad” religiosa, fe. Esa perspectiva se hace extensible al análisis que se ha hecho a menudo de los jeroglíficos egipcios y otras civilizaciones.

Como vemos, ese occicentrismo exagerado que nos ha impedido ver la historia con perspectiva tiene un origen histórico. Una de las etapas más tristes del S.XX pivotó también entorno a un “guía” o “líder”, el Führer. También vio a otros pueblos desprovistos de la categoría de personas y se erigió como catalizador mesiánico de un orden antiguo y parte de un pueblo elegido. Pero esa…es otra historia, que aunque salvando las distancias no sea exactamente igual, como diría Mark Twain: la historia no se repite, pero rima.

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