Historia, diversidad y relatividad cultural

El oficio de historiador, como tal, tiene su origen en occidente. Herodoto, hace unos 2500 años, puso los cimientos de esta nueva disciplina, aunque la praxis historiográfica en esa época, obviamente, no era todo lo rigurosa que debiera. Herodoto era plenamente consciente y dejaba en entredicho que las cosas sucediesen de la manera específica que le contaban. Él erró en muchas de las apreciaciones que hizo en sus viajes, tanto por ignorancia, como por enfrentase a situaciones completamente nuevas para él y su cultura.

Desde entonces, hasta hace bien poco, la historia ha sido patrimonio de occidente y se ha interpretado desde una perspectiva eminentemente occidental y, al igual que Herodoto, no exenta de análisis poco afortunados. No estamos hablando de la parte mecánica del trabajo, la cual, tecnológicamente, se habrá ido perfeccionando poco a poco y es un trabajo eminentemente científico y vetado a subjetividades; sino de cuanto del universo o filosofía del observador se ha vertido en la cultura observada. Cuanto del enfoque cronológico, cultural, religioso, laico o hasta el sesgo de valores occidentales desde los cuales se interpreta el pasado, se han infiltrado en lo analizado. Podríamos hablar de una falta de empatía histórica en el acercamiento que se ha hecho a la hora de analizar las diferentes civilizaciones. Ésto, seguramente, ha ido en detrimento de un análisis histórico más certero hacia lo estudiado. Por no hablar de ocultaciones de la historia por parte de algunos historiadores sobre comportamientos inmorales o políticamente incómodos para nuestra sociedad actual o, al menos, un parte de ella. Se han utilizado muy a menudo diferentes restos históricos como “pruebas” que refutan argumentos sesgados o, más peligroso aún: ideologías. Pero, como decía Hume: nunca un ejemplo, puede demostrar una regla general, solo la hace un poco más plausible. Toda teoría, si es científica, está permanentemente pendiente de refutación y la historiografía no es diferente en ese sentido, si se quiere analizar con rigor y disciplina científica. Más aún, ante nuevas voces discordantes, especialmente las que están fuera del paradigma imperante, la historiografía debería estar más receptiva si cabe.

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¿Pero es posible objetivar algo tan inherentemente subjetivo como lo es la interpretación de unos restos históricos? ¿Es posible no rellenar los huecos de unos retales de historia con nuestra propia historia, con nuestro propio contexto filosófico, político y social como bien decía Georges Duby? Es difícil no sucumbir a las inferencias características de la propia cultura y de los propios valores, además de inconscientemente utilizar un hilo argumental y no otro a la hora de elaborar una hipótesis. Se corre siempre el peligro de sustituir lo más plausible por lo que casa mejor con nuestro mundo y nuestras creencias. Es un arduo trabajo de empatía cultural, pero debe existir esa voluntad, ya que si no estaríamos occidentalizando la historia.

¿Pero cuales son las causas de esta ceguera empática? ¿Quizá el mismo prisma científico y racional? ¿Cómo es que existe esa paradoja? Quizá el mismo rigor científico que se demanda a la hora de analizar objetivamente la historia es la causa de esa disociación, de esa distancia. Desde un punto de vista psicológico uno puede vivir la existencia de una manera preponderantemente asociada o disociada. Si analizamos el discurso del jefe Seattle, vemos que ese es el discurso de una persona asociada plenamente a su entorno. Una persona que no concibe su existencia como algo separado del todo, de cada animal, de cada piedra o arroyo. Cuando uno vive asociado y en comunión con el entorno, el tiempo, a menudo, pasa a un plano secundario y su percepción es invariablemente distinta. Si es necesario contarlo, son las lunas las que lo marcan. No es el hombre el que lo sistematiza con un reloj o un calendario. La direccionalidad es totalmente diferente. Para el indio el hombre forma parte de un todo y dialoga con el todo. Pide a los dioses, acepta su destino y prefiere fluir con el entorno que hacerlo suyo e imponerse. Por eso el jefe Seattle considera ridículo que se puedan comprar los ríos, los árboles, los animales, etc…

En cambio, en occidente, desde que Constantino se convirtió al cristianismo y lo legalizó, las cosas adoptaron un cariz distinto. Es cierto que antes también convivieron dioses, griegos o romanos, con algunas de las civilizaciones más avanzadas de la antigüedad, pero la iglesia, al casarse con el estado, se aseguró una influencia y un dominio muy superior. Del politeísmo al monoteísmo se perdieron algo más que unos cuantos dioses. Para la iglesia, el hombre es la obra suprema de la creación de Dios. Eso está en confrontación directa con los valores de una persona que vive en comunión. A partir de ahora, el resto de criaturas, animales y plantas están a su merced. El ser se disocia del todo e ineludiblemente pierde perspectiva. Compartimenta, regula, disecciona, mercadea… todo está sujeto a él y él a nada. Planteamientos diametralmente opuestos que hacen que la comprensión de una cultura por parte de otra sea una empresa difícil. Y lo es, porque implica que el historiador tiene que empaparse antropológica y psíquicamente, para llegar a comprender en profundidad cosas en apariencia simples a ojos de un occidental, pero que para la otra parte quizá representan algo sagrado. Donde uno ve un útil, o una herramienta práctica, quizá el otro ve un mito impregnado de misticismo. Del mismo modo que la religión católica anegó todas las esferas de la vida y del pensamiento de millones de personas en occidente, en otros continentes sucedió lo propio, pero con una cosmogonía y dioses diferentes. Por tanto, el historiador, si quiere explicar la historia de tiempos pretéritos, tiene que instalarse en la mentalidad y la espiritualidad si la hubiere, así como recrear el contexto social de la época para no caer en falsas hipótesis.

Occidente, ha pasado de ser colono de la historia a ser receptor de otras culturas, lo cual ha hecho, poco a poco, replantearse el paradigma. Sirva como ejemplo el Islam, que en su etapa de pleno esplendor, estudió y asimiló el pensamiento occidental estudiando los clásicos griegos y romanos integrándolos en su cultura y de paso, preservando el occidentalismo para los propios occidentales. Ciertamente la historia sucede para todos, pero el enfoque, aunque difícil ha de procurarse más cercano al universo de la propia cultura analizada para así poder interpretarla mejor en base a los documentos o restos disponibles, ya sean recientes o milenarios. Tiene que haber un análisis holístico a todos los niveles, para entender realmente qué representa cada detalle para esa cultura o civilización y así poder elaborar una hipótesis bien relacionada entre todas las partes del estudio. La historia debe ser contada, en la medida de lo posible desde dentro, desde la posición del observado. Esa es la empatía que reclama para sí desde hace tiempo. De otro modo, se corre el peligro de hacer un análisis pobre y sesgado de la historia con la proximidad del que acude a un parque temático.

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