¿Qué nos hace humanos? Una mirada comparada sobre el proceso de hominización

“La especialización es cosa de insectos” dijo una vez el escritor Robert Anson Heinlein. Y es cierto. Siempre he pensado que no se entiende el estudio antropológico, reciente o antiguo, sin el estudio de sus compañeros de viaje: animales, plantas e insectos. Más aún, el planeta en su totalidad, su clima cambiante, tanto global como localmente, sus períodos de abundancia y de carencia e incluso más allá del propio planeta. Puede que la vida, unas simples bacterias, viniesen de fuera, en un meteorito y puede que un meteorito borrase de la faz de la tierra a los dinosaurios ¿O fue una tormenta solar? Quién sabe. Pero especulando con tantas variables estamos indudablemente aludiendo a diferentes disciplinas científicas.

Desde que en el siglo XVII filosofía y ciencia se separasen, la ciencia no ha dejado de compartimentarse. Eso no ha sido algo necesariamente malo, pero sí que ha favorecido una excesiva especialización, una sapiencia demasiado parcelaria. Por ello no es de extrañar, que a lo largo del siglo pasado, poco a poco, empezasen a haber voces díscolas que apremiaban a un análisis más transversal, más cooperativo, holístico e interdisciplinar de la historia. Y detrás de todas esas ramificaciones científicas, el tronco: la filosofía, la cual nunca debió dejar de tutorizar a la ciencia. Así, la ausencia de esa filosofía detrás de todo ese estudio quizá ha hecho que poco a poco, cada uno en su terreno, haya ido haciendo la guerra por su cuenta.

Echamos la vista atrás y resultan casi irrisorias las diferentes hipótesis que se han llegado a verter en el curso del análisis de la historia. Y no han sido hipótesis mal elaboradas debido a limitaciones técnicas de una época; sino la propia cerrazón gremial ¿Qué queremos decir con eso? Hoy en día hablamos de Edad de Bronce o la cultura de las lascas e ineludiblemente el punto de vista nos remite al observador: el arqueólogo. Cuando cimentamos nuestras hipótesis en base a pruebas de una sola clase “gremial” quizá estemos obviando las apreciaciones de otras disciplinas que enriquecerían el punto de vista sobre lo observado. Paleontólogos, paleoetólogos, paleoecólogos, antropólogos, etnólogos y sus “paleovertientes”, todos ellos, manejan una serie de variables de conocimiento, que indudablemente, han de contrastarse para que entre todas las disciplinas corroboren o refuten las tesis presentadas.

Se ha hablado de edades o culturas prehistóricas, como si fueran algo espacio-temporalmente preciso, pero la historia no se puede medir en términos absolutos; sino más bien relacionales. Todo ello, para aumentar más si cabe la complejidad, está difuminado necesariamente con cambios graduales pero asimétricos entre los diferentes puntos de la geografía. Hemos visto que quizá un mismo género Homo utilizaba herramientas más o menos complejas, simplemente en base a sus necesidades y quizá no porque no supiesen confeccionarlas. El proceso de neolitización tiene unos marcadores concretos (agricultura, ganadería, piedra pulida, cerámica, etc…) pero obviamente no han sucedido a la par para todos los humanos prehistóricos, ni en el mismo orden. Ha sido necesario contrastar las opiniones de paleoecólogos y paleoetólogos para alertarnos que quizá el clima, el medio ambiente, los animales, etc… hacían necesarias unas herramientas y quizá no otras, con lo cual los marcadores de neolitización tendrían un orden diferente o simplemente no existirían. También, el paso de un sistema de subsistencia (caza y recolección) a otro de producción (agricultura y ganadería) ha sido recorrido por esos grupos humanos a la medida de sus necesidades, conectadas éstas directamente a su entorno.

Tenemos tendencia, asimismo, a elaborar teorías en base a pruebas estrictamente físicas y tecnológicas como indicativos de evolución y complejidad cognitiva, y no es extraño, ya que son los únicos restos que disponemos, pero eso no excluye que tengamos que hacer el esfuerzo por enriquecer los aspectos simbólicos y psicológicos que tuvimos en la prehistoria. Para ello, es de vital importancia el estudio antropológico, etnográfico y etnológico de los diferentes grupos humanos en la actualidad y en un pasado más reciente, sin olvidarnos del estudio etológico de nuestros parientes más próximos: los primates. Todo ello puede aportar, si no pruebas, pistas acerca de cómo deberían pensar o actuar nuestros ancestros prehistóricos.

Así, Lewis Binford, intentó abrir las posibilidades inferenciales de la arqueología tradicional incorporando puntos de vista de otras disciplinas como la etnología y Mircea Eliade, enriqueció la noción mítico-simbólica que teníamos del hombre primitivo, mediante el estudio comparado de las diferentes religiones, buscando los vasos comunicantes comunes a cada una de ellas. Todo ello nos ayuda a trazar un mejor esbozo de ese homínido prehistórico, que pasó de un estado de inconsciencia a la consciencia del Homo sapiens sapiens, lo cual le abrió las puertas a un nuevo universo propio.

Pero un momento ¿Cómo sabemos cuando ese homínido dejó de moverse por instintos y comenzó a reflexionar en profundidad? ¿Cuáles son los marcadores que nos indican esa complejidad cognitiva? y ¿cuáles los rasgos fisiológicos que nos llevaron a convertirnos en el género Homo?

Si hacemos una observación puramente fisiológica, el bipedismo, despunta como el primer indicativo de cambio y el segundo, importantísimo, es la expansión del cerebro. Por otro lado, la transmisión cultural nos indican un individuo cada vez cognitivamente más complejo. Todo ello va ineludiblemente de la mano de nuevas habilidades, entre ellas, la de fabricar herramientas. Y he aquí la cuestión: ¿Es la herramienta el claro ejemplo de lo que nos hizo humanos?

Mejores herramientas, a menudo, se ha interpretado como claros ejemplos de complejos cambios cognitivos y durante mucho tiempo, ha sido la auténtica vara de medir de las diferentes etapas de la prehistoria: paleolítico, mesolítico, neolítico, cerámico, etc… La construcción de herramientas indudablemente es un síntoma de una actividad cerebral compleja, pero no es menos cierto que eso no debe suponer la única vara de medir. Es cierto que es extremadamente difícil teorizar sobre aspectos inmateriales como la complejidad simbólica, sobre la cual es imposible encontrar restos físicos, pero sí que existen restos que dan pie a teorizar, mediante el estudio comparado del total de las religiones e intentar hallar qué hay de consonante en todo ello. Mircea Eliade y su Homo Religiosus es un claro ejemplo de ello.

Por otro lado también cayó hace tiempo la teoría que sólamente el género Homo era capaz de construir herramientas. Ésta teoría se amparó en burdos experimentos con primates a los que daban herramientas humanas desmontadas para comprobar si eran capaces de ensamblarlas y poder así conseguir una banana o premio mediante esa herramienta construida, cosa que no sucedió. Una visión antropológica, reduccionista y demasiado acotada de lo que es una herramienta. La teoría saltó por los aires el día que observaron a un chimpancé modificar los esquejes de una rama de modo que cupiese en un termitero para poder atrapar de ese modo las termitas. Efectivamente, por sencilla que sea, eso es construir una herramienta también.

Es muy arriesgado estipular que una cosa concreta nos convirtió en humanos. Son un cúmulo de situaciones ambientales, mutaciones genéticas y habilidades lo que hicieron que fuésemos un prototipo humano de éxito entre el resto de seres vivos del planeta. De todos modos, el hecho de poder construir esas herramientas sí que ha sido decisivo a la hora de ser lo que somos. Aunque a menudo se olvida, que si no tuviésemos un dedo pulgar opuesto a los otros cuatro dedos, algo puramente fisiológico, no hubiera sido posible construir lo que nos rodea por mucha capacidad cerebral que tuviésemos y por ende, absolutamente nada hubiese sido igual. Hubiésemos sido quizá unos seres extremadamente inteligentes, como el chimpancé negro, el delfín o el elefante, pero poco podríamos modificar de nuestro entorno.

En definitiva, el ser humano prehistórico, así como sus diferentes procesos de cambio, a menudo ha sido observado como si su historia sucediese como una sinfonía perfectamente orquestada, cuando es algo más complejo que todo eso. En un universo lleno de múltiples variables, sería extraño que ese ser humano primitivo se nos mostrase en una secuencia histórica impecable. Es precisamente esa variabilidad la que ha hecho que lleguemos hasta aquí y es precisamente esa amplitud de variables científicas lo que hará que comprendamos mejor qué nos hace humanos.

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