La necesidad del arte y la belleza

Montseny

Según René Huyghe, el hombre tiene la necesidad del arte porque a través de él se mejora a sí mismo como especie. Insiste Huyghe, que el uso de una técnica artística depurada es la búsqueda de la calidad y por último ésta calidad está supeditada a la belleza como fin ulterior.

Algo de urgente y primordial debe haber en el hecho artístico como para que sea algo inherente a todas y cada una de las culturas del planeta. Desde los primeros “graffiteros” de las cuevas hasta el arte contemporáneo, hay una historia del arte que viene a ser, no parte, sino intrínsecamente la misma historia de la humanidad. Huyghe, explica esa necesidad del arte como la búsqueda artística de esas dos ideas centrales: calidad y belleza.

Cuando Huyghe habla de calidad, habla de la refinación del arte en su estado mecánico, es decir, de la pericia técnica del artista, de su buen hacer con el pincel; el cincel; la cámara de fotos o la herramienta que fuere. El dominio de la herramienta es el mismo dominio de las pulsiones y los instintos. El don de reprimirse y el don de soltarse. El empuje y la astucia. Lo dicho y lo inefable. Una vez la herramienta es una extensión o corpus del mismo artista, ya sólo queda tener una idea poderosa que comunicar. La técnica por la técnica es propio de pitagóricos y mecanicistas. El arte es algo que trasciende todo eso. Es lo que la mente al cerebro; es declarar una emoción para que alguien, luego, trate de sentirla. Cuando una obra de arte es técnicamente perfecta y sólo eso, está apelando a nuestra razón más que a nuestra emoción. En ese sentido, Ortega y Gasset, recriminaba a los que señalaban a Pío Baroja porque era un escritor descuidado. Él decía, en defensa de Baroja, que en un libro no buscaba un buen escritor, en el sentido mecánico de la expresión; sino alguien capaz de emocionarle.

Por otro lado, el fin último de la obra de arte, según Huyghe, es la belleza, pero según Gombrich eso es un criterio demasiado variable culturalmente como para ser cierto. Creo que ambos tienen razón. Sí y no. Ying y yang. La belleza tiene dos discursos; el innato y el cultural. Algo un tanto genético y algo aprendido. Tenemos unos genes que nos vienen dados y luego una epigenética cultural nada despreciable. Somos animales que mezclamos nuestros genes, pero no es menos cierto que somos seres gregarios que entendimos que el grupo nos trascendía y aportaba ventajas sustanciales a la supervivencia de la especie. Pareciera que todo ello se aleja de tema que nos ocupa: la búsqueda de la belleza en el arte, pero no. Sospecho que debe haber un cierto paralelismo.

Hay bastantes estudios que ponen de manifiesto que a la hora de emparejarse y reproducirse, nuestra especie, busca unos rasgos de belleza comunes a todas las culturas, aunque también, obviamente hay matices culturales. Las investigaciones no pueden ser más elocuentes: todo lo que atrae tanto a mujeres como a hombres físicamente del otro sexo, es consecuencia de unos buenos patrones de replicación genética. Dicho de otro modo: los genes sin defectos “producen” seres más viables para sobrevivir y mantener la especie lo que se traduce en cuerpos más simétricos y mejor proporcionados y por consiguiente: más bellos.

¿Podría tener quizá que ver esa búsqueda de la proporcionalidad y el equilibrio en el arte con lo que consideramos belleza para nosotros mismos como especie? Por no hablar directamente que durante siglos se ha buscado en el arte las proporciones exactas de la figura humana, mediante el número áureo. También, los cánones de belleza, han obedecido a reglas muy precisas. Quizá esa búsqueda de la belleza es la búsqueda de nosotros mismos en realidad y por ello es un impulso, el artístico, de una urgencia y una vitalidad inexcusable en cualquiera de las culturas que hayan habitado o habiten el planeta. Y por ello quizá, sea figurativa o abstracta una obra, le exigimos una armonía y coherencia como si de un ser humano genéticamente bien equipado se tratase.

Pero evidentemente, no todo lo podemos circunscribir a la belleza. Al fin y al cabo, lo que busca tanto el artista como el espectador es la emoción de la que hablaba Ortega y Gasset. Si no hay emoción, todo queda en una bufonada técnica sin más. La capacidad de influir, expresarse e impactar, pasa por la capacidad del artista de suscitar emociones ¿Cuántos artistas han hecho de sus limitaciones técnicas discurso? La técnica está al servicio de la emoción. Ambas se necesitan en su justa medida. Si la técnica sobrepasa lo que la emoción necesita para ser expresada, entonces la obra artística deviene un ejercicio de soberbia. Pero si la emoción no está sustentada por un mínimo de técnica, la obra no va a ser percibida con coherencia. Devendrá en un desnortado arrebato emocional y será percibida con falta de empaque racional.

Por ello, coincido con Gombrich en el sentido ulterior del arte: es la emoción lo que nos subyuga y la nos hace contener el aliento. La técnica es la arquitectura que sustenta la obra y sobre esa técnica y esa emoción, puede mostrarse la belleza, pero también en esa belleza puede haber rabia, tristeza, o la propia celebración de la existencia, una gran paleta de emociones humanas. Ese es el sentido del arte y por eso es irrenunciable.

BIBLIOGRAFÍA
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Lederman, Leon M; Hill, Christopher T. (2006) La simetría y la belleza del universo. Barcelona: Tusquets.
Ortega y Gasset, José. (1970) El Espectador I (ed. original 1916). Madrid : Biblioteca básica Salvat.
H. Gombrich, Ernst. (1972) Historia del Arte. Madrid: Alianza editorial.
Huyghe, René. (1974) El Arte y el hombre, 3 vols. Barcelona: Planeta.

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