¿Es real la realidad?

“Just because you feel it doesn’t mean it’s there”
“Sólo porque lo sientas no significa que esté ahí”
There, there – Radiohead

No se me ocurre mejor título que el del libro del psicólogo y filósofo Paul Watzlawick ¿Es real lo que damos como real? ¿O es simplemente una convención de realidad? En esa misma onda se sitúan Berger y Luckmann. Según ellos, por lo visto, lo que damos por real, no es más que algo construido subjetivamente, de manera intencionada o no. El problema, la duda, o la “sospecha”, como diría Marx o Nietzsche, es que entonces el individuo podría incurrir en el clásico error fundamental de atribución. Esto ocurre cuando atribuimos a creencias individuales su comportamiento, en lugar de precisar que el ambiente, el sistema de valores o creencias en el que vive inmerso, es en realidad el condicionante objetivo que opera en su visión del mundo. Pero, en la medida que todos somos potencialmente constructores de realidad es difícil decidir qué es más real ¿Cómo decidimos entonces qué es más real y qué no? ¿Quién lo decide? Porque si el ser humano vive inmerso en una consciencia colectiva que influye en su manera de ser, necesariamente algo o alguien tiene que ser quien construya un clima, una corriente de opinión, una percepción sobre el mundo subjetiva que sea tomado como modelo objetivo.

Nuestro Jonestown particular

Según Luckmann y Berger, la sociedad es el resultado del conocimiento y la vida cotidiana es la realidad representada por los pensamientos y acciones de aquellos que comparten ese sistema de creencias, tanto acerca del mundo, como de sí mismos en ese orden específico. Asimismo, el nivel de conocimientos y la calidad de los mismos, determinan subcategorías sociales que clasifican a los individuos de manera estamental, aún compartiendo la misma visión de la realidad. Esta autoclasificación, aunque sea poco ventajosa o provechosa para el individuo, puede llevar a la aceptación y a la resignación del mismo a aceptar la realidad común que todos comparten. Dicho de otro modo: las clases dominantes pueden imponer conocimientos y valores (su realidad) a las clases con menos poder de decisión y de acceso a conocimientos, tecnología, etc… y en definitiva, quien domina, necesariamente controla el conocimiento y por extensión escribe el guión de la realidad.

Esa realidad, entonces, se retroalimenta con lo que los individuos piensan y sienten acerca de ellos en la medida que concuerda con lo que se espera socialmente de ellos. Eso puede llevar a tener percepciones distorsionadas acerca de lo que son y de lo que les rodea tanto física como socialmente. Esta apreciación de interdependencia es vital para comprender en qué medida se construye la realidad en sintonía con los actores implicados en la misma. Por ello, cuando hablamos por ejemplo de inseguridad ciudadana o racismo debemos ser cautos y escrupulosos a la hora de dilucidar en qué se sustentan esas percepciones. Si preguntamos a individuos si se sienten discriminados o inseguros y nos responden mayoritariamente que sí podríamos inferir, entonces, que la inseguridad o el racismo es una realidad social ¿Seguro? Ante ello incurrimos de nuevo en un error fundamental de atribución por partida doble. Primero: hemos objetivado una subjetividad y con ella hemos construido una realidad que posiblemente no sea cierta, y aquí volvemos a la estrofa del grupo Radiohead que encabeza este trabajo que dice: “Sólo porque lo sientas no significa que esté ahí” Cierto ¿Que tú lo sientas implica necesariamente que esté ocurriendo? No. Y luego habría que añadir otra observación: ¿Cómo sabemos que nosotros lo hemos percibido? ¿Acaso hemos sido víctimas de un clima de opinión perfectamente orquestado por los que componen y armonizan las sinfonías del conocimiento y la información? Estas matizaciones no hacen sino ponernos sobre sospecha sobre el mismo conocimiento, sobre cómo accedemos a él y de qué fuentes proviene ese conocimiento. También cabría subrayar de manera importantísima el valor del sentido crítico con el cual analizamos ese conocimiento, si lo hubiere.

Muchos de nosotros conocemos la historia del reverendo Jim Jones, fundador de la secta Templo del pueblo, una secta sustentada sobre ideales cristianos y comunistas. Fruto de la persecución a que fueron sometidos, fundaron una comunidad apartada del resto del mundo, en Guyana. Allí, por orden de Jones, su líder y pastor, se suicidaron ingiriendo cianuro más de 913 personas en 1978. La tentación de señalarles como diferentes, o como personas con características especialmente concretas, pone precisamente de manifiesto lo que señalábamos con anterioridad. En Jonestown simplemente crearon una visión del mundo diferente a la que nosotros creamos y en la cual vivimos inmersos. Ellos vivían de una manera dependiente de su líder y vivían aislados dependiendo de esa realidad construida en la que se encontraban. Crearon simplemente otra realidad subjetiva dirigida por el reverendo Jones. Ese aislamiento lo podríamos escalar hasta la dimensión de países. Buen ejemplo de construcciones sociales son los E.E.U.U y la U.R.S.S. de la guerra fría o Corea del Norte en la actualidad, pero por extensión lo podemos extrapolar a cualquier contexto en el cual las personas vivan en grupo. Le damos consistencia a lo que se sustenta en mayorías, cuando eso no necesariamente lo hace más exacto, sino más goloso de creer por la fortaleza que otorga el grupo y la necesidad que tenemos de construir realidad. Pero también sabemos que cuando una serie de creencias se adquieren, hay un importantísimo efecto de polarización grupal. Las personas, cuando se agrupan, tienden a desarrollar con mayor ligereza prejuicios y a radicalizar sus posturas por esa retroalimentación grupal o social. Así, es fácil entender factores como el patriotismo, la xenofobia y la simple y llama discriminación arbitraria.

Jane Elliot demostró lo fácil que es alterar la realidad objetiva y lo sencillo que es introducir una concepción arbitraria del mundo. En una clase de primaria les dijo a los niños que tenían ojos azules que eran superiores a los que tenían ojos marrones y los marcó a ambos con brazaletes del color que les correspondía en función del color de sus ojos. Quedó patente en ese experimento y otros más, que los que fueron señalados como superiores empezaron a actuar como tales y los que fueron señalados como inferiores actuaron como perdedores. Las expectativas positivas que uno tiene sobre sí pueden alterar los resultados. Por ello, realidad y conocimiento son cosas, como dicen Luckmann y Berger, a las que hay que poner muchas comillas y a las que no hay que suponer que son, por descontado o a priori, ciertas. Por tanto, a la hora de comprender el por qué del comportamiento social de las personas, uno ha de preguntarse cuál es su situación y qué hace esa situación para que sean diferentes y no sus cualidades individuales. Porque cuando una realidad se enquista en el imaginario colectivo y fluye sin cuestionarse permanece invisible.

La invisivilidad

En la historia de la filosofía, durante siglos, la figura de Dios, por ejemplo, nunca fue cuestionada, es más, con la escolástica, se trató de retorcer la filosofía clásica hasta el punto de encajar con el paradigma cristiano del mundo. Hasta que llegó Nietzsche con su “Dios ha muerto”. No fue el primero que dudó de su existencia, pero sí quien atacó el problema de manera absolutamente frontal. Pero a veces, ni siquiera eso basta. Cuando esa realidad psicológica es tan densa e invisible resulta difícil aceptar evidencias nuevas. El psicólogo social Leon Festinger planteó una reflexión interesante y altamente extrapolable que explica cómo somos capaces de aceptar incluso lo antagónico. Cuando una evidencia es tan fuerte que es difícil de negar por la realidad social imperante se incorpora resignificándola, incluso aunque contradiga al paradigma. Si, por ejemplo, el apocalipsis que profetizaba nuestro Dios no ha llegado como habíamos creído, resulta más fácil inventar una nueva hipótesis, que cuestionar la creencia de que Dios no existe y por tanto no puede saber cuando llegará el fin del mundo. Eso significaría la ruptura del grupo y provocaría replantearse todas nuestras creencias y nuestra vida. Algo difícil de asumir. Por tanto, la creencia es más una apuesta filosófica o un acto de fe que una convicción racional.

Mapas representacionales

“El mapa no es el territorio y el nombre no es la cosa nombrada” Alfred Korzybski lo expresaba de manera bastante clara con su enfoque lingüístico. Nuestro lenguaje habla más de nosotros mismos que de la realidad, pero el problema fundamental es que confundimos ese mapa de la realidad con la realidad misma y en consecuencia construimos un modelo del mundo limitado por nuestras creencias.

Efectivamente, el lenguaje es un sujeto activo en la construcción del mundo y del conocimiento que tenemos acerca de este. Lo difícil es ser capaces de adquirir el conocimiento de primera mano, sin cortapisas. Para uno de los maestros de la sospecha, Nietzsche, eso no era posible. Para él sólo había interpretaciones y no hechos. Pero claro, eso nos conduce a un relativismo atroz y necesitamos discriminar, mínimamente, cuando nos movemos en los terrenos pantanosos de la subjetividad y cuando es, digamos, otra cosa.

Pero ante esa diversidad de criterios, como dice Sylvie Mesure, quizá precisamente esa diversidad nos habla de un fondo común de verdad y por ello es obligado el considerar ese relativismo aparente como una mera trampa cognitiva. En este escenario y con estos actores, podemos echar un vistazo y apercibirnos que efectivamente, el lenguaje vehicula la subjetividad y construye sentido de una manera sospechosa. Todas estas sospechas hicieron que Luckmann y Berger tratasen de liberar las ciencias sociales de las ciencias naturales ya que consideraban que tienen una base objetiva diferente. Las ciencias naturales pueden permitir una lectura positivista de las mismas, pero según ellos, las ciencias sociales no, porque son realidades intersubjetivas creadas por el ser humano y no responden a criterios tan objetivables como las científicas y como tales han de ser estudiados.

Hoy en día, esos “universos simbólicos” que decían Luckmann y Berger se siguen estudiando ampliamente. Esos mapas subjetivos que construyen mapas de creencias y de los cuales el lenguaje actúa como argamasa entre ladrillos. Existen especialistas en ese sentido que se dedican a calibrar el lenguaje, la significación que tiene determinada palabra, y qué ocurre si se cambia por otra. Los resultados sorprenden por sí solos.

Frank Luntz es un consultor y lingüista que trabaja para el partido republicano de los E.E.U.U. y comprueba cómo la percepción de los problemas cambia en base a que los políticos cambien su manera de referirse a cosas con diferentes palabras. Suya fue la idea de que cambiasen “calentamiento global” por “cambio climático” con resultados perceptivos sobre el problema absolutamente diferentes. Ello nos da una idea de la realidad subjetiva e intersubjetiva que compartimos y creamos los seres humanos y lo difícil que puede ser desmontar un sistema de creencias cómodamente instalado en nuestras conciencias, porque, como decía Mark Twain: “es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”.

BIBLIOGRAFÍA

«Alfred Korzybski». Wikipedia, la enciclopedia libre, octubre 12, 2012. http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Alfred_Korzybski&oldid=60466123.

«Jim Jones (pastor)». Wikipedia, la enciclopedia libre, noviembre 21, 2012. http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Jim_Jones_(pastor)&oldid=61534138.

Luntz, Frank I. WORDS THAT WORK. Hyperion, 2007.

Cardús i Ros, Salvador. (2012) El coneixement com a fet social. Barcelona: UOC.

Ibáñez Gracia, Tomás. (2012) El gir lingüístic. Barcelona: UOC.

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