¿Es la ciencia la medida de todas las cosas?

   Ciertamente el Renacimiento situó al hombre en el centro del universo y lo convirtió en medida de todas las cosas, pero al ir situándolo, poco a poco, fuera del ámbito exclusivamente religioso hizo que buscase explicaciones tanto para lo que le rodeaba, como para lo que le acontecía como ser. Y así, desde el Renacimiento, la ciencia ha ido desplazando las verdades inherentes a otras disciplinas para concentrarse única y exclusivamente en lo empírico y explicable por la ciencia. Por ello, el arte, la religión e incluso la filosofía, se han convertido en objeto de exclusión de verdad al no ser plenamente explicables por la ciencia. Efectivamente, la ciencia construye la verdad de manera diferente a, por ejemplo, el arte. Entonces, se nos hace difícil pensar que la ciencia pueda ejercer de juez ante el resto de “saberes” o “verdades” que aquí presentamos. Tampoco podemos obviar que ciencia y filosofía fueron un día la misma cosa, hasta que entre el s. XVI y XVII se separaron definitivamente. Pero también es cierto, que muchas teorías o leyes científicas quizá nunca hubiesen llegado a buen puerto si visionarios artistas como Leonardo, o filósofos como los atomistas, más de dos-mil años antes de que se descubriese el átomo, hubiesen apuntado el camino. Es entonces cuando nos asalta la duda: ¿Por qué motivo la ciencia ha de ser la única vara de medir del saber verdadero? ¿Acaso la misma ciencia no se ha nutrido de saberes acientíficos para, más tarde, explicar de una manera orquestada y ejemplar la enésima “verdad” descubierta?

   Según M.W. Wartofsky, la ciencia es un cuerpo organizado de conocimientos sobre el mundo con un conjunto de prácticas que alimentan la construcción de éstos conocimientos. Pero veamos de dónde proviene esta manera de entender el mundo.

   En Grecia, Mesopotamia y Egipto, los primeros destellos de ciencia fueron interpretados como algo primordialmente fruto de fuerzas divinas. Más tarde, en la Grecia clásica, entre los siglos VII y VI, se dejará, por fin, de explicar mediante dioses el conocimiento de la realidad. Aunque aún será una ciencia concentrada en aspectos particulares e impedida del acceso a las leyes universales, sí que será la primera vez que se explica el conocimiento sin inferencias divinas. Pero será en el s. XVI cuando se mide por primera vez el movimiento y el universo se empezará a interpretar según principios geométricos. Por otro lado, se cambia de paradigma, al concentrarse el ser humano más en el “cómo” que en el “porqué” suceden las cosas. Con la figura de Galileo, el universo es por fin explicable de una manera mecanicista. Se cierra un ciclo y se abre otro. Las cosas ya no se explican en base a explicaciones míticas o rocambolescas teorías, sino que se comportan de una manera reticular y perfectamente reducible a números científicamente armónicos. Aristóteles y su teoría sensible y cualitativa queda en un plano subjetivo, por tanto, no puede ser constitutiva de verdad. En cambio, para el pitagórico Galileo, como todo se reduce a números cuantificables por las matemáticas, y por extensión de la ciencia, lo cuantitativo será la objetividad pura y por ello, la elegida como heraldo de verdad.

   A finales del s. XVIII y hasta mediados del XIX el positivismo imperará como tabla de salvación para la humanidad en busca de la verdad. A. Comte consideraba que después de la religión y la metafísica, era la hora triunfal de la ciencia; era la hora de la verdad. Ese último estadio era el definitivo, el que mejoraría todo lo anterior. Todos los problemas de la humanidad podrían ser resueltos por la ciencia sin más. Cosa que pareció no ser del todo cierto. Con la irrupción del marxismo, estos asuntos se empezarán a interpretar en clave política, y con la lupa puesta encima de la ciencia tanto se podía leer “libertad” como “opresión”. Una vez más la herramienta confundió al manipulador. La herramienta no genera causalidades si no hay alguien que la manipula detrás. Dicho de otro modo: un martillo puede construir una casa; pero también puede romper una cabeza de un mazazo. Así, la ciencia tanto puede emplearse en un sentido como en otro. Tanto puede esclavizarnos como liberarnos.

   Y la pregunta surge: ¿Cómo es que la ciencia se consideraba algo objetivable si proviene de un ser altamente subjetivo como es el ser humano? ¿Cómo es que la ciencia no se contamina de esa subjetividad? Uno de los primeros en advertir de ésto, fue G. Bachelard. Decía que bajo nuestra experiencia primera se ocultaban nuestras pasiones ocultas; nuestros deseos inconscientes. Así, acusaba a Buffon, que en su Historia natural ve al león como el rey de los animales porque en todas las organizaciones humanas hay un rey y por ende, en la naturaleza también. Muchas veces la historia se ha interpretado del mismo modo y por ello, en no pocas ocasiones, lo que se creía ciencia flaqueaba, languidecía, detrás de burdas ópticas precientíficas, es decir: nuestra subjetividad una vez más.

   Pero ¿Cómo es posible que la ciencia se abogue la capacidad de conocer la verdad? ¿Es posible eso? ¿Qué métodos emplea? Uno de ellos es el método inductivo aristotélico, por el cual, de hechos particulares se puede llegar a conocer verdades universales. Podemos deducir que los gorilas son negros universalmente ya que la mayoría de ellos lo son, pero no podemos estar seguros del todo, ya que todos conocemos la excepción de Copito de Nieve. Podemos inferir que, efectivamente la mayoría de ellos lo son, pero eso deja el método inductivo en una mera estadística ya que es imposible estar seguro al 100%. Luego, como método científico no sería 100% fiable. Por otro lado tenemos el método inverso; el deductivo, partiendo de reglas universales hacia las consecuencias de éstas: lo particular. Las matemáticas son su máxima expresión. Se ha creído que era el método ideal, que unificaba la ciencia en una sola cosa pero tiene, también, sus limitaciones. Se parte de premisas ciertas que lógicamente han de derivar en certezas pero la experiencia demuestra empecinadamente que tampoco siempre es así. Por último, el método hipotético-deductivo, sería el definitivo y el que se usa en la actualidad. Es el método científico que todos conocemos que parte de la observación, la práctica de experimentos controlados, etc… pero lo difícil es poder hacer ese tipo de experimentos con todo lo que nos rodea. Hay cosas imposibles de reproducir asépticamente en un laboratorio, con lo que una vez más nos tenemos que conformar con modelos de aproximación, que en definitiva, es lo que viene a ser la ciencia.

   ¿Entonces, qué papel juega la verdad científica y el arte? Pensemos que el hombre del renacimiento fue conformado por su capacidad de emplearse en las bellas artes, la lectura, la música y por una progresiva secularización también. Eso lo hizo más humano, más racional y universal. Kant, seguramente acertó cuando aseguraba que el arte no puede ser considerado una ciencia, ya que su ámbito de actuación es el ámbito subjetivo y de los sentimientos, pero también es cierto que el arte es verdadero en sí mismo en cuanto a la riqueza que aporta al ser, aunque sea a costa de alejarlo de la ciencia. El placer estético que produce el arte, según Kant, es el placer que puede dotar al ser de sentido según Hegel. En cambio el placer intelectual que puede aportar la ciencia, ocupa un plano absolutamente distinto. Gadamer comprendió la compartimentación que Kant hizo entre ciencia y arte, pero ahondó en el concepto de verdad al estipular que hay diferentes tipos de verdad, que la del arte es independiente de la ciencia y que por ello, no es menos verdadera. Podríamos resumir que la verdad en ambos casos no es que sea relativa, sino que hablamos de dos tipos de verdades con dos funcionalidades distintas: una ligada al placer estético y la otra al intelectual, pero eso no significa que necesariamente todo valga en cualquiera de los dos ámbitos.

   Podríamos inferir que la ciencia no deja de ser una creencia más cuando se acaba todo lo explicable, o todo lo que se puede probar. Husserl (1859-1939) muy acertadamente, nos recordó que ese positivismo a ultranza no hace sino que reducir la humanidad a hechos. Posiblemente la religión o el arte han sido superados por la ciencia en el ámbito de la lógica, pero no estamos tan seguros que la ciencia pueda dotar de sentido al ser ¿Puede ser nuestra existencia y el objetivo ulterior de la misma, reducirlo todo y reducirnos como seres a conjuntos de inferencias plausibles? La ciencia no puede olvidar que está al servicio del ser y el ser no puede ser reducido y completado de una manera exclusivamente mecanicista.

   Dicho todo esto, podemos concluir que la metodología inductivista, hipotético-deductiva y falsacionista no son más que modelos de aproximación a la realidad que nos ayudan a comprenderla, pero que, en ningún modo son modelos totales ya que ello los aproximaría más al dogma que a la ciencia. Por otro lado, Kuhn nos advierte, muy acertadamente, que todas esas herramientas que nos sirven para explicar los fenómenos a menudo se olvidan del modelo paradigmático del que parten y que, a veces, lo que en realidad hay que cuestionar es el paradigma y no elaborar nuevas hipótesis. Hay que cuestionar el observador, inserto en una sociedad, que es inducido también a crear ese paradigma. Por todo ello y por lo difícil que resulta encontrar un modelo de conocimiento definitivo, Karl Popper dejará ese sistema abierto ya que proclamará la provisionalidad del resultado y las limitaciones del conocimiento humano.

   En definitiva, la historia del conocimiento humano es el cambio entre el “porqué” y el “cómo” La ciencia nos describe cómo las cosas suceden, pero no por qué lo hacen. Para lo primero acudimos a las explicaciones cartesianas que nos aporta la ciencia; para lo segundo a la filosofía, al arte, e incluso la religión, las cuales forman parte integral del ser. Esos “porqués” sólo pueden ser respondidos, de momento, desde ese tipo de perspectivas, pero también es cierto que son, consecuentemente, los que nos pueden guiar en la búsqueda del “cómo”.

BIBLIOGRAFÍA


Porta Fabregat, Josep M. (2012) Ciència, Art i veritat. Barcelona: UOC.

Prades Celma, Josep Lluís. (2012) Ciència i filosofia: La filosofia de la ciència al segle XX. Barcelona: UOC.

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