Unas reflexiones sobre los orígenes y problemas del mundo contemporáneo.

6/365 - Revolución! by Kyle Hixson
6/365 – Revolución!, a photo by Kyle Hixson on Flickr.

Los primeros antropólogos, víctimas de una visión eurocentrista y post-colonial, descubrieron culturas exóticas y remotas que rápidamente catalogaron de “primitivas” o “subdesarrolladas”. Cierto es que muchos de aquellos antropólogos los veían así porque iban prácticamente a pasar un fin de semana exótico con aquellas gentes y nunca tuvieron la delicadeza de convivir con el “otro” el suficiente tiempo como para poder ver un poco más desde dentro y, de paso, desarrollar la “alteridad” antropológica. El relativismo cultural nos brindaría, más tarde, una herramienta vital para poder reconocernos en todos los demás sapiens y considerarlos como iguales. De ese modo, visto con los ojos del “otro”, nuestro progreso tecnológico no pareció suficiente para medir la evolución humana. Nuestros valores y nuestra madurez fraternal, comparados con ese “otro”, quizá quedaron en desventaja. De todo ello aprendimos una valiosa lección: todos éramos, al fin y al cabo, sociedades contemporáneas y modernas, aunque con diferentes enfoques sobre el desarrollo humano. Aunque lo que es cierto es que el concepto de “desarrollo” occidental se ha globalizado y por ello no es de extrañar que la historia “universal” haya pecado de un goloso occicentrismo.

El concepto de “contemporaneidad” y el de “cronología” del que habla el historiador Julio Aróstegui viene a tener un enfoque similar al antropológico ¿Cómo se puede medir la “contemporaneidad”? No hace mucho, cuando los historiadores miraban atrás y descubrían que una sociedad Neolítica disponía de herramientas más elaboradas que otra, rápidamente se infería que era más evolucionada, hasta que, mediante la paleoecología, se cayó en la cuenta que quizá no disponían de esas herramientas porque simplemente no las necesitaban y no por desconocimiento. Quizá no habían esos animales para cazar, o quizá esos cultivos que esperaban a ser recolectados necesitaban de herramientas más simples. De todo ello se extrae, que quizá no era el desconocimiento lo que les impedía fabricar nueva tecnología, sino por pura funcionalidad y por ende, que la historia de nuestra especie, es más la historia de la mentalidad, a veces, que los propios hechos.

Cuando hemos buceado en la historia y hemos relativizado lo cronológico, hemos visto que los cambios revolucionarios que tenían fecha y lugar concretos, quizá se habían fraguado en una mentalidad determinada mucho antes y que, incluso, pudieron perdurar más allá del siglo en el cual acaeció. Así, como apunta Hobsbawm, el s. XIX, desborda y sobrepasa cronológicamente la propia centuria, y el s. XX empieza con retraso, con la primera Gran Guerra, en 1914, y se extingue prácticamente con la caída del muro de Berlín. A menudo, los cambios de mentalidad, son lo verdaderamente revolucionario y los que desatan episodios concretos. Una cosa precede a la otra y se necesita para que se orquesten cambios. Pero no es menos cierto que por más que la ilustración hubiese abonado el terreno, si las guillotinas no hubiesen salido a la calle quizá poco habría cambiado. Recordemos que en el mismo seno del absolutismo del Antiguo Régimen se fomentaban las ideas de la ilustración (Despotismo Ilustrado).

Por ello, a menudo, los hechos cronológicos exceden conceptualmente el momento en el que se circunscriben. Como bien apunta Aróstegui, deberíamos entender las revoluciones más bien como “evoluciones”, cuyo momento álgido es cuando se materializa y se concreta en algo reconocible y palpable. Así y con matices, lo contemporáneo se forja a caballo del s. XVIII y XIX, época de constantes revoluciones y contrarrevoluciones. Época en la que se alumbró lo que más adelante sustituiría la nobleza por la burguesía y la fuerza del sector primario de producción y el campesinado, por la fuerza de las ciudades con su industria y el importantísimo movimiento obrero.

Como era de esperar, la revolución no lo cambió todo y el Antiguo Régimen no fue sustituido por completo. Algunos de esos cambios no fueron más que ciertos cambios estéticos. Llámesele estamentos o clases sociales, lo cierto es que determinadas estructuras de poder se heredaron y no hicieron más que actualizarse a las circunstancias. Un ejemplo de ello es el imperialismo como una versión moderna del colonialismo. Podríamos decir que se trata de un “colonialismo de mercado”. Pero, así y todo, aunque no logremos escapar del todo a la analogía conceptual, nos damos cuenta de que estamos ante algo nuevo cuando ya no podemos explicar dicha contemporaneidad con la misma fórmula de épocas pasadas. Aunque los conceptos se actualicen o se transformen en algo similar, pues siempre se parte de algo parecido, bien es cierto que es el cambio de mentalidad el que nos muestra que algo ha cambiado. Así, el Renacimiento representa un nuevo “espacio de inteligibilidad” (Aróstegui, 1995), pero lo que a menudo resulta difícil, es dilucidar en qué momento concreto se rompe ese espacio de inteligibilidad y más aún, consensuar los rasgos de la misma. A modo de concreción, en lo que sí podemos estar de acuerdo, es que la contemporaneidad se debe a rasgos como el individualismo, el desarrollo de los valores liberales de la Ilustración, la caída de una sociedad basada en los privilegios por otra supeditada al mercado y, como no, la Revolución Industrial.

Otro de los cambios de la modernidad es la sustitución de la autoridad por la razón. Al socializar la razón, automáticamente cualquiera que pueda demostrar que algo es razonable debería ser aceptado. Eso, parecería una cuestión menor, pero penetraría en diferentes aspectos de la sociedad ya que la modernidad, mediante conceptos como éste, traería de la mano el concepto de igualdad. El duque de Saint-Simon, afirmaba, a principios del s. XIX que se había pasado de una sociedad militar a otra industrial y, añadiríamos, de una etapa basada en la fe y la autoridad a otra positivista. Por ello no es de extrañar, que el s. XIX fuera un hervidero de ideologías con ansias de materializarse y con sed de libertad y justicia, aunque la “libertad” que reclamaban los obreros se parecía bastante poco al concepto de “liberalismo” que en realidad ofrecía la sociedad burguesa.

Así y todo, si algo aportó la revolución liberal, fue el cambiar la soberanía absolutista del Antiguo Régimen, encarnada en el monarca, por la de la nación, representada por el pueblo, lo cual no solamente significó un nuevo marco legislativo, administrativo y jurídico, sino también el alumbramiento del sufragio universal y la transformación de los súbditos en ciudadanos con capacidad de elegir a sus representantes.

Pero pronto esa capacidad de representación pareció insuficiente durante el s. XIX para un movimiento obrero cada vez más organizado que exigía unas libertades sociales mucho más ambiciosas. El industrialismo se universalizó, pero el clasismo y la conciencia de clase también, ya que el industrialismo no era meramente una actividad fabril, sino que era una actividad que penetró y transformó necesariamente los demás niveles de la sociedad. Pronto, al primigenio socialismo utópico de finales del s. XVIII y principios del s. XIX le seguirían el marxismo y el anarquismo con legiones de seguidores en las fábricas del s. XIX y principios del s. XX. La economía de mercado y sus leyes liberalizadoras como piedra angular de la organización social pronto tuvieron efectos devastadores en la sociedad y desembocaron en los grandes conflictos del s. XX.

A día de hoy aún sufrimos en buena medida, aunque con matices, esos tipos de planteamientos económicos que nos han sumido en una profunda crisis económica. Las sociedades modernas se han sumido en una especie de bicefalia “progresista” o conservadora, cuyo claro exponente son los EEUU. La moderna socialdemocracia trata servilmente a los mercados y corporaciones con marcadas políticas neoliberales, mientras que, a la par, trata de contentar al grueso de la población con una “sociedad del bienestar” para que no haya necesidad de luchar por nada por lo cual lucharon obreros y campesinos, pero eso también está cambiando. Poco a poco, dicho estado del bienestar, está adelgazándose hasta el mínimo en una ola de privatización de todos los servicios públicos. El mantra de la auto-regulación de los mercados es una constante que postulan los partidos más conservadores. Un buen ejemplo exacerbado de todo ello es el libertarismo, ejemplificado en el Libertarian Party, una ideología con bastantes simpatizantes especialmente en EEUU. Los libertaristas pretenden reducir el estado a la mínima expresión y dejar a la sociedad en manos de los mercados y las grandes corporaciones. Individualismo atroz, antiestatismo y una economía capitalista basada en el laissez-faire. Todo ello nos recuerda sospechosamente a aspectos revolucionarios y contrarrevolucionarios que ya observamos en el seno de lo que hemos llamado “contemporaneidad”. Locke y Montesquieu ya nos pusieron sobre aviso que el Antiguo Régimen, de manera natural, actuaría centralizando el poder emulando el absolutismo en las entrañas de una sociedad sufragista. Una manera efectiva de impedir eso era la compartimentación del poder a la hora de legislar, juzgar y administrar, así como en otros ámbitos. Asistimos hoy, en nuestro país, a una oleada “recentralizadora” en todos los ámbitos y, especialmente en lo económico, que tratan de vender como una mera “simplificación”. Quizá la burocracia nos resulte engorrosa a veces, pero debemos distinguir entre lo superfluo y mejorable de lo que aludían Locke y Montesquieu y así, en cierto modo, impedir que pocas manos lo administren todo.

Se acostumbra a decir que el sistema capitalista nos ha dado todo lo que entendemos como sociedad moderna occidental, cuando lo cierto es que resulta una sobre-simplificación bochornosa difícil de sostener con sólo echar un vistazo a la historia y a la sociedad actual. El sufragio universal muestra signos de agotamiento, ya que un amplio sector de la sociedad no se siente representada por ninguna opción política o se siente defraudada por quienes votaron y no cumplieron lo prometido. En un mundo globalizado y de políticas neoliberales con corporaciones que atesoran fortunas mayores que el PIB de los propios estados, cuesta de creer que los gobiernos tengan capacidad de maniobra social cuando supeditan sus leyes a los mercados y a estas grandes multinacionales, las cuales, muchas veces, pagan sus campañas políticas. Sin ir más lejos, en España, para entrar en el paraíso de la Unión Europea (que, recordemos, nació como un tratado de comercio) se (im)puso como condición una reconversión industrial que supeditó el país a la construcción y los servicios de lo cual ya sólo nos queda, prácticamente, ésto último. El viejo continente atraviesa una profunda crisis económica y social y está despertando los recelos contra el igualitarismo en diferentes ámbitos políticos y sociales. Todo ello está alimentando el resurgimiento del ultra-conservadurismo e incluso el fascismo en países como Francia, Finlandia y de manera más clara en Grecia. EEUU también está en crisis y su liderazgo mundial ya está siendo seriamente contestado por China y otras grandes potencias como Brasil o la India.

Hemos visto que la contemporaneidad fue claramente precedida de una evolución en el pensamiento el cual, más tarde, desembocaría en revoluciones de diverso signo político o conceptual. Todo ello es indisoluble de una mentalidad o realidad social, a menudo manipulada conscientemente por las élites de los estados liberales, pero siempre hay un margen de acción por el que, indefectiblemente, discurren los ciudadanos rasos. Está claro que está habiendo un cambio en la mentalidad de las clases menos favorecidas y alejadas de las grandes cifras macroeconómicas. En Brasil, con el Movimento Passe Livre o el Movimento Sem Terra, en EEUU con Occupy Wall Street o en España con el 15-M, todos ellos, inspirados el la llamada Primavera Árabe, sólo son la punta del iceberg. Podríamos recurrir a la metáfora de los datos que suelen dar fuentes oficiales tras una manifestación; según los manifestantes muchos, pero según el gobierno pocos. Puede que lo que está sucediendo hoy sea leído con interés en unas décadas o siglos y los historiadores y analistas políticos de entonces vean claramente un cambio de mentalidad que el “Antiguo Régimen” no supo ver y ninguneó. Quizá sea cuestión de tiempo esperar a que todo ello se materialice en algo concreto. No se puede decir que la historia dará o no razón a unos u otros, porque la historia, simplemente acontece y, muchas de las veces, avisa.

BIBLIOGRAFÍA

Aróstegui, J., Buchrucker, C., & Saborido, J. (2001). El Mundo Contemporáneo: Historia y Problemas. Biblos.

Libertarismo. (2013, octubre 21). En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado a partir de http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Libertarismo&oldid=69146491

Socialismo utópico. (2013, octubre 18). En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado a partir de http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Socialismo_ut%C3%B3pico&oldid=70116843

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