Simón Bolívar y la independencia de Latinoamérica

Simon Bolivar by che1899
Simon Bolivar, a photo by che1899 on Flickr.

26 de marzo de 1812. Cuatro de la tarde de jueves santo. El suelo de Caracas se despedaza víctima de un brutal terremoto. Aún no se ha llegado a celebrar el primer aniversario de la Declaración de Independencia de Venezuela. Entre el caos y las ruinas de la caraqueña Iglesia de San Jacinto, un religioso opina que la ira del Señor ha caído sobre la joven república. En la escena, presto a ayudar a los supervivientes, Bolívar replica al siervo de Dios y trona ante la multitud: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Lo que pareciera una mera anécdota sirve, y mucho, para adentrarnos en el imaginario de una persona tan singular como Bolívar. Pragmático, humanista, racional, masón, liberal y libertador convencido, el Bolívar hijo de las luces dieciochescas, no podía aceptar la justicia divina como si fuese una inferencia lógica. Bolívar, aunque era creyente, quizá no aceptó la correlación de factores que proponía el religioso como una relación causal. Para un hombre de ciencia y con sed de justicia como él podemos suponer que éste tipo de cosas le supusiesen una afrenta y se creciera ante ellas. Pero sobre todo tampoco debemos obviar las difíciles relaciones del clero con la joven república, ya que la Iglesia apoyaba abiertamente a la monarquía. Todo ello puede ser mucho suponer, pero volviendo la vista a la evolución de las mentalidades históricas, efectivamente, quedarnos con los meros hechos nos resultaría del todo insuficiente; convertiría fácilmente a Bolívar en un simple guerrero y ésta exposición semejaría un cantar de gesta medieval, cuando estamos hablando de una persona con un acervo cultural y un sentido de estado excepcional por donde se mire.

Resulta sorprendente que una persona de tan noble cuna como él, con una vida resuelta y acomodada, llegase a ser el catalizador del derrumbe del imperio colonial de la Monarquía Hispánica, pero Bolívar ya de joven manifestó inquietudes culturales y una fina inteligencia. Más tarde fue un hombre viajado, vagó por el viejo continente y absorbió las ideas de la Ilustración francesa y de la industrializada sociedad inglesa más liberal, pero también asistió a la mismísima coronación, en 1804, de Napoleón como emperador. Posiblemente ahí identificara algunos de los defectos idiosincrásicos de aquella Francia del momento, en la misma cuna de las luces y de la enciclopedia. Ahí declararía, más tarde, que sintió un deseo ferviente de ser el libertador de su pueblo, pero también calificó de “miserable” la corona del flamante emperador, porque le recordaba a las coronas góticas y probablemente Bolívar no gustase de las rancias derivas monárquicas de Napoleón. Por ello no es de extrañar que más tarde, en 1815, con un Napoleón recién derrotado en Waterloo, cuando éste solicitó ayuda para refugiarse en Latinoamérica, Bolívar le respondiese a su súplica con un árido: “Usted y yo no cabemos en el mismo continente”

Vayamos ahora al 15 de febrero de 1819, al Congreso de Angostura, en el cual Bolívar pronuncia el sorprendente discurso. Éste se halla ya en medio de las guerras de independencia de Venezuela y de Nueva Granada, pero guardemos esta fecha en la memoria y echemos un poco la vista atrás. Para entonces, Estados Unidos ya había sellado definitivamente su independencia del Reino de Gran Bretaña en 1783 firmando el Tratado de París. Francia había dado soporte a los insurrectos estadounidenses en medio de sus propias convulsiones domésticas que se materializarían en la Revolución Francesa de 1789, la cual guillotinaría al Antiguo Régimen. En esa época Napoleón ya empezaba a cosechar éxitos militares y no muy tarde, como dijimos, en 1804 se proclama Emperador y busca controlar Europa militar y políticamente. La Francia napoleónica bloquea el comercio de Inglaterra, pero España tampoco se libra de problemas. El acoso político de Francia a España va en aumento y colabora con el bloqueo impuesto por Napoleón. La España de Carlos IV se enfrenta a Gran Bretaña en Trafalgar en 1805 y pierde estrepitosamente a su armada. Portugal no se somete al bloqueo exigido desde París, así que los franceses pactan entrar en España para invadir Portugal y aprovechan esa coyuntura de debilidad para anexionarse España. En 1807 Portugal cae también y en 1808 Napoleón coloca a su hermano, José I Bonaparte, como Rey de España en sustitución del Borbón Fernando VII. Éste último envía en 1809 una misión diplomática a Londres para buscar apoyos frente a Napoleón. En esa comitiva iban el humanista y político caraqueño Andrés Bello y el entonces coronel, Simón Bolívar. Allá conocieron a Francisco de Miranda, pieza política de alto calado en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa. Bolívar queda deslumbrado. Miranda, ideólogo y artífice diplomático y militar de la independencia americana, empatiza rápidamente con Bolívar. Lo que en principio fueron unos contactos diplomáticos al servicio de España derivaría discretamente en la clave de la independencia venezolana. Bolívar y Bello lograron algunos acuerdos para España, pero de paso sumaron apoyos ingleses en su causa. Inglaterra sufría la hegemonía española en el comercio americano y a priori le interesaba estar de parte de los insurrectos. En poco tiempo Miranda y Bolívar se pusieron en marcha. Miranda creía en un gran Imperio latinoamericano independiente al margen de la monarquía española y como el 19 de abril de 1810 Venezuela inicia su proceso independentista, Bolívar insta a Miranda a que venga en su ayuda. El 5 de julio de 1811 Miranda es uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de Venezuela y Bolívar se pone a sus órdenes. Miranda capitularía ante España en 1812 y Bolívar se sintió traicionado por él ante ciertos pactos con los realistas. Miranda pasaría los últimos años de su vida preso hasta su muerte en Cádiz en 1816. Bolívar sería entonces el vertebrador de la lucha por la independencia.
En el momento del Discurso de Angostura, en 1819, Bolívar es ya una figura reconocida por un pueblo que lo escucha y sigue con atención. El discurso tiene lugar en el contexto de creación de una nueva constitución y restaurar la definitiva Tercera República de Venezuela.

El objeto de su exposición es comunicar a los congresistas que su papel en ese proceso de independencia ha acabado y por tanto es hora de devolver el poder al pueblo al cual se debe como patriota. Todos lo quieren nombrar presidente pero él rehusa el cargo, aunque dos días más tarde lo acepta. Bolívar tuvo siempre una irreductible vocación de servicio y nunca quiso ser coronado al estilo napoleónico. El título de Dictador, le parece “terrible y peligroso” y siempre pidió ser reconocido como “Libertador”. De este modo, desgranará en el discurso las condiciones bajo las cuales se ha de fundar la nueva República de Venezuela. Hará gala de su profunda cultura, su brillantez como estadista y su magnífica perspectiva histórica, así como de sus convicciones constitucionalistas y liberales.

Bolívar hace un examen de la coyuntura política y un exhaustivo análisis del momento histórico en el que se hallan para advertir a quienes comanden el destino de la República. Pone de manifiesto que la guerra anticolonialista que se ha llevado y se está llevando a cabo en toda América es consecuencia justa de las agresivas políticas colonialistas de potencias como Francia e Inglaterra (en Norteamérica) y España y Portugal (en Suramérica). Pero se da cuenta, que en realidad ellos son americanos de nacimiento y europeos por derechos. No pierde de vista que la población latinoamericana es también aborigen y criolla. En ese punto empiezan a aparecer las influencias políticas sobre las que basa su discurso. Cuando Bolívar dice que “el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible”, está haciendo una referencia clarísima al utilitarismo inglés de entonces de la mano de Jeremy Bentham. Pero aún hay más, Bolívar, cita a Montesquieu como ejemplo de la separación de poderes que debería regir la nueva República. Montesquieu, seguía, a su vez, los preceptos del padre del liberalismo: Locke. Éste último ya había dejado clara la necesaria separación de poderes legislativo y ejecutivo, la soberanía popular sobre la cual descansa el estado y los derechos humanos. En ese mismo sentido se pronuncia Bolívar y deriva en posturas igualitaristas cuando dice que “los hombres nacen todos con derechos iguales” pero matiza que “no todos los hombres nacen igualmente aptos”. Entiende que el principio de igualdad no asegura que algunos individuos no tengan “desigualdad física y moral” y necesiten del estado y sus leyes para igualar (so pena de socavar un poco las tesis igualitaristas, ya que establece una diferencia) lo que la naturaleza crea de manera asimétrica. También cita al enciclopedista Rousseau durante la exposición. La libertad es intrínseca al ser humano, pues nace libre, pero no está seguro Bolívar que se pueda paladear a la ligera, de la noche a la mañana y por cualquiera. Por ello cree, al igual que Rousseau, que habría que administrarla con cautela hasta que la nueva patria alcance la ilustración mediante la educación. Sólo así puede asegurar su permanencia en el tiempo la joven democracia en las nuevas naciones, al igual que hicieron los grandes imperios. Es tan importante para Bolívar la formación de su pueblo, que cuando libera Perú la recompensa que le ofrecen la re-invierte en educación en los principales puntos reconquistados. El estadista tiene muy claras las claves de futuro para la joven República y fija además su vista en la antigüedad clásica. Conoce muy bien los entresijos del poder a lo largo de la historia e ilustra a los constitucionalistas con ejemplos sobre Atenas, Esparta, Roma, Inglaterra, EEUU o Francia. Pero, aunque tiene un enfoque radicalmente occidentalista en materia política y filosófica, no pierde de vista, quizá debido a que parte de una sociedad multicultural como la latinoamericana, que lo que políticamente le suceda en adelante a la recién nacida República, ha de ser contemplado en primera instancia con un astuto relativismo y ha de adaptarse a los usos y costumbres del pueblo venezolano y por ende, a Latinoamérica. Considera un error monumental imponer asépticamente un sistema foráneo sin adaptarlo tanto en forma, como en fondo moral y con una temporalidad cautelosamente estudiada. Bolívar ha abolido la esclavitud, ha otorgado soberanía al pueblo, pero no es ingenuo y cree muy necesario crear mecanismos de sujeción social para que no se confunda “libertad” por “licencia” y pone como ejemplo al demócrata legislador ateniense Solón, que aún proponiendo un sistema democrático muy avanzado no pudo sostenerlo en el tiempo, mientras que el igualitarismo radical de los espartanos, ejemplificado en la legislación de Licurgo produjo mayor estabilidad social. Por ello, aunque Bolívar admira el sistema federal, siente que debe proponer un sistema centralista para el caso específico de Venezuela. Es consciente que parten de una sociedad que acaba de salir de una mentalidad propia del antiguo régimen, donde los súbditos y las clases sociales, repentinamente, se verán inmersos en un nuevo país que los convertirá en ciudadanos iguales. Aunque el estadista propone el centralismo como fórmula, dividirá el Poder Público. Aboga, como ya dijimos, por la separación de poderes que proclamaba Montesquieu. Asimismo, también propone el centralismo como una manera táctica de resistencia en bloque a las tropas realistas.

No hay que pasar por encima el profundo sentido patriótico y de servicio a la nación que tiene Bolívar. Tengamos presente que tras el feudalismo, durante el cual la definición territorial estricta no existía, poco a poco empezó a emerger un sentido del interés general que se materializa en los estados o stato como acertadamente acuñó Maquiavelo, los cuales adoptan otro nuevo concepto, que es el de soberanía. Los primeros estados, durante el Renacimiento, crecieron a la par que la burguesía y eso llevó de la mano una progresiva desamortización. Sería cuestión de tiempo que esos estados principescos en origen, empezaran a secularizarse y reclamasen sociedades más democráticas. De campesinos a ciudadanos, de sistemas feudales ungidos por el clero, a monarquías parlamentarias, las ciudades capitalistas pronto traerían de la mano el liberalismo. Ese sentimiento de soberanía e independencia unido a los valores liberales y de la ilustración alumbraría a las primeras naciones y más tarde las primeras repúblicas. Los súbditos son ahora ciudadanos y la figura del rey se cuestiona queriéndola reemplazar por la figura de la nación, aunque esta última no disponga de estado propio. Cuando Bolívar apela al patriotismo, está apelando a esa soberanía que no tienen, a esa conciencia de ciudadano con derechos y obligaciones (el famoso Contrato Social de Rousseau) y a esa necesidad de desgajarse del Antiguo Régimen, el cual representan los realistas. Por ello, tanto en Norteamérica como en Latinoamérica, el patriotismo es tan exacerbado, tan unido al liberalismo; sinónimo de la independencia y las libertades que se adquirieron tras estas guerras por la independencia, tras las cuales, el continente americano se convirtió en un conglomerado de repúblicas (principalmente Suramérica) y estados federados (Norteamérica).

El Discurso de Angostura muestra un Bolívar plenamente consciente de la gran misión que en breve terminará. Francisco de Miranda fue el ideólogo de la Gran Colombia, pero Bolívar sería el encargado de rescatar el proyecto. Se dio cuenta, durante las continuas conquistas de sus tropas y reconquistas realistas, que necesitaban rescatar ese proyecto de la Gran Colombia centralista para afianzar las fronteras y coordinar mejor la resistencia. Para preservar Colombia era necesario tener el control de Venezuela y así frenar el avance por tierra de los realistas. En Angostura, hoy Ciudad Bolívar, aquel día del discurso era un momento decisivo. Los realistas se encontraban desgastados y en retirada. Era el momento ideal para proclamar la Tercera República de Venezuela y velar por su estabilidad, de ahí que el discurso incluyese un análisis tan fino y con serias advertencias de cara a la gobernabilidad, pervivencia y estrategias en lo sucesivo para la futura gran nación que se completaría en las siguientes campañas. En el Congreso de Angostura se presentó la “Ley Fundamental de la República de Colombia” para la creación de esa gran nación que comprendería a las actuales Colombia, Ecuador, Panamá, Venezuela y otros territorios que pasaron a formar parte de Perú, Nicaragua y Brasil. Ese proyecto se vería materializado muy pronto, en 1821, en el Congreso de Cúcuta, aunque debido a las disensiones entre federalistas y centralistas, la Gran Colombia de Bolívar y Miranda apenas duró diez años y se extinguiría a la vez que la vida de Bolívar.

Dicho ésto, nos damos cuenta que Bolívar era plenamente un hijo intelectual de su tiempo. No se conformó simplemente con adoptar modelos políticos occidentales, porque era consciente de la diversidad humana latinoamericana y de su realidad política, la cual no admitiría brusquedades. Por ello hilvanó un proyecto inmediato y futuro, enumerando los valores fundamentales de la nueva sociedad y de cómo ésta en lo sucesivo aseguraría cotas más altas de “felicidad” gracias a la educación, completando, así, su proyecto patriótico y asegurando su permanencia en el tiempo. Una nueva nación sin fueros ni privilegios, a la luz de la razón, la moral ilustrada y con herramientas políticas de autocontrol que eviten el despotismo.

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