El Colonialismo; una mirada crítica.

Mola y Yoka, en la imagen principal, y otros mutilados por soldados belgas en el Congo de Leopoldo II. Circa 1900. / ANTI-SLAVERY INTERNATIONAL

«Si África se representara como una pistola, el gatillo estaría en el Congo»
Frantz Fanon

La Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico abrieron la caja de los truenos nacionalistas y entre 1808 y 1814 surgieron las primeras resistencias contra Bonaparte. Por un lado, los defensores del Antiguo Régimen, seguían defendiendo sus derechos dinásticos y por otro, los herederos de la Revolución, reclamaban más independencia y libertad. Las cosas empezaron a torcerse cuando la Francia napoleónica decidió invadir los Países Bajos y fue derrotada en 1815 en la Batalla de Waterloo, en Bélgica, por una coalición de tropas entre Inglaterra, Holanda y Prusia. Tras la derrota de Napoleón en Waterloo, el Congreso de Viena (1814-15) se encargó de rebobinar la historia. Además de definir las nuevas fronteras de la Europa Central y del Este, devolvió los privilegios monárquicos y re-instauró el absolutismo. Una solución profundamente conservadora que no hacía sino barrer debajo de la alfombra la cuestión nacionalista y liberal. Aunque fracasadas, las Revoluciones Liberales de 1815 y de 1848 serían la piedra en el zapato de aquella Europa de la Restauración que indicaban que algo no se había satisfecho en aquel congreso y que no tardaría en dirimirse de una manera brutal con la Primera Guerra Mundial, en 1914.

A finales del s. XIX el Reino Unido hacía un siglo que había perdido sus colonias en Norteamérica y la Francia finisecular hacía poco más de medio siglo que había visto esfumarse su imperio napoleónico. Temerosa del poder expansivo que tras dos guerras Prusia estaba alcanzando, Napoleón III inició en 1871 las hostilidades hacia los germanos. Francia no sólo perdió la guerra, sino que Prusia se anexionó territorio Francés: Alsacia y Lorena y Otto von Bismarck conseguiría la deseada unificación germánica en la forma del nuevo Imperio Alemán.

Tras la Revolución Industrial, la burguesía comercial y financiera que emergió en la era de los descubrimientos, se transformó en una burguesía industrial. Entre otras cosas, los gremios del Antiguo Régimen se habían metamorfoseado en grandes empresas y los maestros, oficiales y aprendices, que compartían objetivos económicos comunes, se transformaron en patronos y obreros con intereses antagónicos. El trabajo manual fue sustituido por el trabajo en cadena y la producción de productos manufacturados. A mediados del s. XVIII el abaratamiento de costos de producción hacía “necesario” emplear a legiones de niños en angostas minas donde sólo ellos podían llegar o en plantaciones de algodón como las de Lancashire, en Inglaterra. Allí hacían jornadas de hasta 19h. se les multaba si no cumplían las cuotas de producción y no dudaban en golpearles, entre otras cosas por dormirse. A mediados del s. XIX el trabajo infantil (de 10 a 14 años) suponía el nada despreciable 30% y en Francia, en 1896 suponía el 20%. En el corazón de la vieja Europa industrializada la explotación infantil más cruel campaba a sus anchas, a la par que la de la clase trabajadora en general. El estallido social entre clases se vivía a flor de piel. Los menos desfavorecidos tomaban conciencia de su situación y exigían cambios por las buenas o por la malas. No era extraño que ese sistema de explotación acabase externalizándose.

Para aquel entonces decimonónico y finisecular, la burguesía europea ya empezaba a tener un poder mucho más claro. El derecho a la autodeterminación y a la independencia nacional se veía fortalecido por los pasos dados por países como Francia, Alemania o Inglaterra, los cuales se iban convirtiendo en estados más poderosos, con más atribuciones y con mecanismos administrativos y coercitivos a nivel nacional e internacional. Pronto el nacionalismo justificaría el imperialismo con el patrocinio económico-intelectual de Adam Smith. Aquella burguesía inspirada por los postulados de Smith, el cual pontificaba desde hacía un siglo sobre el comercio internacional libre, sin trabas económicas y al menor coste de producción, no tardaría en encontrar la coyuntura política ideal para llevar más lejos dichos postulados. Las clases adineradas se hicieron con unos excedentes de producción y unas sumas de capital que a finales del s. XIX hacían necesario buscarles una salida. En la década de 1870 el fantasma de la depresión económica se empezó a manifestar. Debido a ello se intentó blindar las producciones de las principales potencias industriales europeas mediante medidas proteccionistas: con aranceles y tasas aduaneras, entre otras, pero no hizo sino aumentar la crisis. Fue entonces cuando se pensó en llevar el excedente a ultramar. Después del colonialismo mercantilista del s. XVI que encabezaron las entonces hegemónicas España y Portugal principalmente en América, era la hora del imperialismo comercial, espoleado por dichos burgueses industriales, ahora ya netamente capitalistas, y en el que Francia e Inglaterra serían las principales potencias coloniales. Ahora era el turno del continente africano.

Aunque no sólo hubo una motivación estrictamente económica, sino también de signo político. Potencias navales como Inglaterra necesitaban de nuevas zonas estratégicas y nuevas áreas de influencia política. Los estados occidentales se daban golpes en el pecho ante sus ciudadanos insuflados por un renovado espíritu patriótico y conservador. A la Europa ilustrada sólo le faltaba una justificación moral donde exportar sus excedentes occicentristas. La religión, su superioridad tecnológica y racial (como sostenían algunas teorías seudocientíficas de la época) aportaban la coyuntura moral ideal para la barbarie. Los misioneros ya hacía tiempo que campaban a sus anchas por el nuevo mundo y habían sentado las bases de la “necesidad” de evangelización de los indígenas allá donde estuviesen; el paraguas moral perfecto para la incursión africana. Era preciso que aquellas gentes tecnológicamente atrasadas conociesen las bondades de un occidente científico, se dejasen de máscaras pintadas y dioses primitivos y los cambiasen por estatuas de Cristo policromadas y dioses “modernos” como el cristiano.

Todo ello, se vio acrecentado por exploradores católicos como Livingstone, perteneciente a sociedades geográficas y científicas que mostraban a occidente gestas heroicas cual Epopeya de Gilgamesh en tierras ignotas. Pero el explorador Henry Morton Stanley sería la cabeza visible de lo que estaba a punto de acontecer. Colonos esclavistas portugueses y españoles ya habían recalado antes en el continente, pero sólo a nivel costero, por ello los descubrimientos del África Central de los exploradores fueron decisivos. Durante la década de los 70 del s. XIX, primero buscando a Livingstone, y luego auspiciado por el mismísimo rey Leopoldo II de Bélgica y con otros oscuros intereses, el explorador galés descubriría que el Río Congo era la vía de acceso navegable al corazón de África. Stanley se puso en contacto con el gobierno británico para valorar la colonización del Congo y fue desestimada, pero Leopoldo II sí se interesó por el proyecto de Stanley y pronto se pusieron manos a la obra.

Leopoldo II

Francia e Inglaterra se lanzaron a la carrera también. Inglaterra trataba de dominar de norte a sur, mientras que Francia pretendía dominar el oeste del continente. Aunque Francia ya había empezado en la competición en los años 30 invadiendo Argelia y rivalizaba a mediados de siglo con Inglaterra por Egipto, fue en esas décadas de fin de siglo cuando no sólo ellos, sino también Bélgica, Alemania, y en menor medida, otras potencias como Italia, España, Portugal o los Países Bajos se sumaron. Esa carrera desbocada hizo necesario que se convocara a todos los principales desvalijadores para que se sentaran a la mesa de la Conferencia de Berlín (1884-85) y allí repartirse el tercer continente más grande del mundo.

En la Conferencia se resolvió la libre navegación marítima y fluvial de los ríos Congo y Níger, la prohibición de la esclavitud y el libre comercio entre otras cosas. La excusa moral aducida para la colonización, fue impedir la esclavitud, cristianizarlos y llevar el progreso occidental a los habitantes africanos. La realidad fue mucho menos amable. La mayoría de los puntos adoptados no se cumplieron en absoluto y más bien sirvió para aclarar las pertenencias que tenía cada potencia hasta entonces. Por otro lado, que no hubiese en la Conferencia ningún africano, nos da idea de lo que representaba ésta: un banquete occicentrista con servicio self-service sobre África y sus habitantes. El caso del Congo es uno de los ejemplos más obscenos del pillaje colonizador. La Conferencia de Berlín sirvió también para mediar entre el Congo que reclamaba Francia y el de Bélgica. Los galos se quedarían con el trozo atlántico del Congo y los belgas con la parte central con una salida hacia el mar. ¿Los belgas? Bueno, en realidad se lo quedó Leopoldo II. En la Conferencia se reconoció el Estado Independiente del Congo recientemente fundado por él y desde 1885 y hasta 1908, dicho dominio fue administrado por el monarca. Sólo faltaba un detalle más. John Boyd Dunlop, inventaría el neumático de caucho en 1889 y la demanda se disparó a nivel mundial. Casualmente había inmensas cantidades de esta resina en el Congo, así que el monarca se reservó para la corona 250.000 Km², los más ricos en caucho. Acto seguido, las poblaciones autóctonas fueron sometidas a trabajos forzados para la extracción de dicho material que dejaría inmensos beneficios a las empresas concesionarias que trabajaban para el rey. Miles de soldados fueron enviados al Congo para mantener una férrea disciplina e imponer su régimen de terror y muerte, hasta el punto de aniquilar a diez millones de personas.

Edward Dene Morel

   Todo iba bien para el tirano hasta que Edward Dene Morel, un empleado que inventariaba los cargamentos de la naviera británica, la cual transportaba los pedidos que iban y venían del Congo, vio que no había indicios de que se comerciase con los congoleños. La supuesta filantropía civilizadora que preconizaba Leopoldo II, no se materializaba en los pedidos, que no iban más allá de cargamentos de marfil y caucho de llegada y armas y municiones de vuelta. Las cuentas tampoco cuadraban. Todo ello puso a Morel sobre sospecha y no tardaría en descubrir mediante testigos y gente influyente, las atrocidades que en el Congo se cometían. A partir de entonces fundó un diario y una sociedad para la denuncia de las atrocidades y conseguiría el apoyo de intelectuales de la talla de Sir Arthur Conan Doyle, Anatole France o Mark Twain. Decisiva fue también la publicación en 1900 de unas durísimas fotos que unos misioneros tomaron en el Congo en las que se veían indígenas, adultos y niños mutilados de manos y pies por no cumplir con las cuotas de producción de caucho. La administración colonial ya no pudo ignorar lo que acontecía por más que Leopoldo II intentase silenciarlo, así que envió a un funcionario en 1903 al Congo. Al año siguiente, Roger Casement trajo de vuelta un voluminoso informe que confirmó la más descarnada de las iniquidades. Etnias exterminadas por completo, desaparición de poblados enteros, azotes con látigos de piel de hipopótamo, asesinatos, violaciones en masa, torturas, campos de concentración y las famosas amputaciones de manos a adultos y niños. La explotación de los recursos congoleños haría multimillonario a Leopoldo II, pero no impidió que el ministro de asuntos exteriores británico y una opinión pública bien informada lo repudiase y lo exhortara a que transfiriese al parlamento belga la concesión de sus tierras. En 1906 la presión internacional hizo mella en el monarca y cedió el Congo al estado belga, eso sí, previa compensación de 50 millones de francos.

La tortura con el “chicotte” o látigo hecho de piel de hipopótamo, se utilizaba para torturar niños y mayores.

Leopoldo II es el ejemplo claro de que el modelo colonial supuso más perdidas humanas y económicas para occidente que beneficios, ya que el monarca privatizó los beneficios y socializó las perdidas, que asumió el estado belga. Lo mismo que hicieron muchas empresas coloniales en otros países y que siguen haciendo hoy en día en el propio Occidente. A lo largo del recién estrenado siglo XX y tras la primera Guerra Mundial, consecuencia de las fricciones entre los estados nacionales y de un complejo sistema de alianzas entre las potencias coloniales, la falacia de los beneficios coloniales se fue desmontando. El orgullo occidental de raza y el prestigio político y militar eran en realidad los actores principales del colonialismo. La construcción de infraestructuras, el mantenimiento de la armada, el establecimiento de mecanismos burocráticos y de control fueron un dispendio difícil de sostener en el tiempo. Países como Alemania se lanzaron a la carrera por tener un coche caro como el del vecino, pero incluso a Bismark le parecía un ruinoso capricho que además los llevaría a hostilidades con Francia e Inglaterra. Y no erró en absoluto.

El saldo final que arrojaría el colonialismo fue la explotación brutal de recursos y de sus gentes, la generación de países con tiralíneas alterando el orden de las sociedades tribales allí existentes, el cambio agrario de modelos de subsistencia a monocultivos que crearon serias dependencias y la intemperie a la que quedaron expuestos países que nunca fueron tales y que tras la independencia tuvieron que construir su propia identidad, a menudo, a golpe de machete. Jefes tribales que asumieron el poder por la fuerza de las armas con frágiles estructuras de estado y nula tradición democrática. En el Congo, por poner un ejemplo, en todo el tiempo que estuvieron los belgas la educación del nativo brilló por su ausencia. Las mejoras que en transporte se hicieron fueron para mejorar la movilidad de las mercancías; no de las personas. Aunque como algo positivo es cierto que se construyeron a lo largo del siglo hospitales y que se empezó a vacunar a la población, no es menos cierto que eso redundó en un aumento de población para la cual no existían alimentos, precisamente por la introducción del monocultivo, entre otros factores. Todo ello derivó y aún deriva hoy en hambrunas terribles.

Después de la Segunda Guerra Mundial EEUU fue el Midas del capitalismo. El sueño americano se hacía realidad. Rock’n’Roll para todos. Había destrozado a dos de sus principales rivales comerciales: Japón y Alemania. Inglaterra y Francia tampoco pasaban por buenos momentos así que la independencia del continente africano será un goteo que durará décadas, pero eso no estaba tan mal. Gobiernos y multinacionales habían aprendido la lección. Era más económico enviar a las grandes corporaciones y extraer los recursos que necesita occidente que gestionar un país entero. Además siempre es mejor y más fácil dar patente de corso a milicias y frágiles gobiernos locales sin escrúpulos, a exponerse a que algún periodista airee las vergüenzas de algún mandatario como a Leopoldo II de Bélgica. En todo caso serán las empresas, sin cabezas visibles, las que deberán responder de sus tropelías.

Ha pasado más de medio siglo y vemos que la globalización ha impuesto su neocolonialismo monetario igual de eficaz y racista. Aquellos obreros y niños que hacían jornadas extenuantes en las fábricas de Inglaterra o EEUU los podemos encontrar ahora en los telares de Asia, a pocas horas de avión, donde empresas como H&M imponen sus cuotas de tiempo y productividad a cambio de un mísero sueldo. Los capitalistas primigenios se dieron cuenta que era más económico pagar un salario barato que comprar y alimentar a un esclavo. Y es que, decía Malcolm X: “No puedes tener capitalismo sin racismo”. El activista afroamericano negro alababa a la ira porque gracias a ella la gente cambiaba el curso de la historia, como así ocurrió en la Revolución Francesa. Malcolm X representaría el paradigma de ese cambio de mentalidad en el seno de la comunidad negra que pasaba de una actitud “tiotomista”, como así se refería Malcolm a los “negros buenos” caricaturizados en “La cabaña del Tío Tom” y de ahí el nombre, los cuales, según él, ponían la otra mejilla con resignación cristiana, a otra actitud combativa y de concienciación; de orgullo de raza. Los mismos preceptos cristianos que Leopoldo II pedía a sus soldados que inculcasen a los congoleños para someterlos voluntariamente.

Hoy en día se sigue buscando la sumisión y la renuncia voluntaria a la propia cultura indígena. La cultura neoliberal sigue vaciando de diversidad el globo. Frantz Fanon decía: “Estamos tratando de entender por qué al negro de las Antillas le gusta tanto hablar francés” y remachaba con una de las claves: “no es posible someter a la servidumbre a los hombres sin inferiorizarlos parte por parte”. No iba desencaminado. Fanon se sorprendería del experimento de psicología social que se hizo sobre estudiantes negros en EEUU antes, durante la candidatura y después de la victoria de Obama (Marx, Jin Ko & Friedman, 2009). Antes de un examen se les recordaba de manera verbalmente encubierta a blancos y negros su raza. Durante la candidatura y después de la victoria de Obama los resultados de los desaventajados alumnos negros llegaron casi a equipararse a los blancos ¿Qué había cambiado? Los antillanos prefieren hablar francés ¿quizá porque así buscan igualarse a algo superior y trascendental, a la misma grandeza colonial? De ese mismo modo, esa pragmática y esa funcionalidad mezquina ha decidido unilateralmente que el idioma de los negocios y el de la tecnología es el inglés y el francés o el italiano el de la sofisticación, la elegancia y la clase. Por ello, marcas tecnológicas de países no anglófonos bautizan sus productos con nombres ingleses y diseñadores vascos como Francisco Rabaneda Cuervo se convierten por arte de birlibirloque en Paco Rabanne.

Como en las películas de Hollywood, han cambiado los actores, pero sigue siendo el mismo guión desde las minas de Lancashire al Congo o a los telares de Bangladesh. Incluso en Occidente perdemos la soberanía constitucional a golpe de políticas neoliberales, ya que los grandes lobbies dictan a los estados los artículos constitucionales a reescribir. El liberalismo multinacional exige cada vez más anorexia soberana a los estados occidentales hasta límites colonialistas y debido a todo ello vuelve a haber un desprecio a la velocidad y al modus vivendi occidental incluso por parte de algunos occidentales. El orientalista post-romántico moderno ya no sólo tiene su salón decorado al estilo colonial de Ikea, sino que además se entrega a espiritualidades y mitos curativos sin base científica aderezados con el individualismo fácil de la autoayuda. La globalización y comercialización de cualquier cosa ya hace tiempo que ha edulcorado el sentido primigenio de los hechos y deforma la percepción de la historia convirtiéndola en objetos vendibles, como el espectáculo que dio Buffalo Bill con sus exóticos indios en Barcelona en 1889 o los que ofrecían en la época en Bélgica con nativos congoleños como si fuesen animales de circo.

Finalmente Bélgica reconocería la independencia del Congo en 1960 y el gran Patrice Lumumba sería el Primer Ministro. Durante la ceremonia, el rey Balduino de Bélgica dio un discurso paternalista que fue contestado por Lumumba en el acto con otro discurso que abochornó al mismo Balduino y que para muchos fue su sentencia de muerte. EEUU, Bélgica y empresas mineras belgas conspiraron para cazarlo y lo ejecutaron. Algo que nos suena demasiado en la actualidad. Desde entonces la visión occicentrista se ha ido diluyendo un poco en el relativismo cultural, aunque el activista negro afroamericano Stokely Carmichael dijo al respecto en los 60 algo revelador: “Colón no descubrió América. Colón fue tal vez el primer hombre blanco que se sepa que haya puesto el pie en América. Eso es todo” Parece obvio, ¿no? pues bien, en la época nadie había caído aún en la cuenta.

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