Eutanasia ¿Sí o no?

Ramón Sampedro. Foto enlazada: milinviernos.com
Ramón Sampedro. Foto enlazada: milinviernos.com

      El Renacimiento situó al hombre en el centro del universo. La ciudades cobraron fuerza y autonomía. El individualismo burgués de la persona hecha a sí misma miraba de tú a tú a los poderosos sólo por el hecho de pertenecer a un linaje determinado. La sociedad se fue secularizando tras la Revolución Francesa y el ser humano empezó a considerar la vida no como un paso a la eternidad si no como un fin en sí mismo. Del mismo modo que el ser humano dejaba progresivamente de estar supeditado a la voluntad de Dios y cobraba una nueva autonomía, los designios de su vida, por un lado, y la longevidad y calidad de la misma, por otro, empezaron a estar tanto en sus propias manos, como supeditada a la ciencia respectivamente. La ciencia era la que alargaba la vida y presuponer que era Dios el que decidía el éxito de una intervención médica para muchos ya no resultaba una respuesta satisfactoria en el seno de una sociedad secularizada. La ciencia se fue erigiendo en la autoridad máxima y, en cierto modo, el ser humano se dejó llevar por la técnica de manera inconsciente. Pero filosofía y ciencia eran una misma cosa hasta hace unas tres centurias. La ciencia muestra qué se puede hacer, pero no “qué” hay que hacer. Por ello, la filosofía y, concretamente la ética, nos ha de orientar qué decisiones morales tomar o sobre qué valores o presuposiciones se deben sustentar nuestras leyes y el comportamiento que se derive de éstas. Ese individualismo del que hablábamos haría erosionar progresivamente la autoridad de la ciencia encarnada en los médicos para re-situarlo de nuevo en el paciente. El juramento hipocrático en campos difíciles como el oncológico no parecía suficiente, ya que preservar la vida a toda costa no respeta la autonomía de un paciente que no desea seguir viviendo. Por eso, la tensión entre la ciencia y la cultura humanística hizo necesaria la bioética como respuesta.

El caso, en nuestro país, del tetrapléjico Ramón Sampedro, fue uno de los que iniciaron el debate tanto en la sociedad como a nivel legislativo. Él exigió su derecho a dejar de existir de una manera que él consideraba indigna. Un estado garantista como el nuestro debería brindar el derecho a poner fin a una vida si el sujeto así lo desea y respetar su voluntad. Del mismo modo que garantizamos constitucionalmente los derechos individuales de manera inalienable para preservarlos de la tiranía de las mayorías deberíamos preservarlos en materias como la eutanasia o el aborto. Ya no sólo se trata de hacer lo correcto sino de hacer lo que el paciente estima correcto para su vida, ya que ésta no debe ser tutelada. Una vida digna es algo más allá de una cabeza pensante, como decía Sampedro, en un cuerpo muerto. La autonomía cognitiva es importantísima, pero la independencia motriz tampoco lo es menos. En un sentido kantiano, es imperativo preservar dicha autonomía so pena de socavar la propia esencia del ser. Una vida plena no puede dejarse para el más allá para buena parte de la ciudadanía. No puede ser acertado obligar a vivir a nadie en contra de su voluntad, máxime cuando la mera existencia en esas condiciones le provoca aún más dolor. El derecho a no sufrir prevalece contra cualquier retórica y como una elección fundamental del ser.

La vida ya no es sagrada sino digna o no digna de ser vivida en el seno de una sociedad secular y por ese motivo debe haber leyes al respecto. La eutanasia, en Occidente, contempla tanto la acción médica que acelera la muerte para evitar el sufrimiento, como la propia omisión de auxilio médico (dejar morir) Es lo que conocemos como eutanasia activa o pasiva respectivamente. Holanda fue el primer país en despenalizar la eutanasia activa en 1993 y más tarde le seguirían Bélgica y Luxemburgo entre otros. En los estados de Oregón y Washington, en EEUU, y en Suiza van más allá aún, ya que se contemplan el suicidio asistido, es decir: el sujeto es el agente activo que provoca su propia muerte e incluso se puede realizar fuera de un contexto médico. Éste caso último no hace sino reafirmar la tendencia a situar el poder de la decisión en el individuo de una manera radical.

En ese sentido, argumentativamente, resulta poco defendible obligar a alguien a vivir en contra de su voluntad. Pero los argumentos se vuelven espinosos cuando el paciente no es consciente, es menor de edad, o tiene discapacidades cognitivas evidentes. La eutanasia o el suicidio asistido es un acuerdo bilateral en el cual la ciencia provee al individuo de herramientas para evitar un mayor dolor, pero un niño no es un adulto. Innegablemente, aunque el niño no es adulto, médicos y padres coinciden muchas veces en que un niño que nunca va a tener una vida autónoma, creativa, consciente y sin dolor, es un problema ético y moral que no nos permite permanecer como meros espectadores. Cuando la vida en su función biológica más elemental no puede ser satisfecha y de ello se deriva dolor, debería ser imperativo disponer de herramientas legales que permitan evitar sufrimiento gratuito. Cuando se trata de niños pequeños, entonces, son los adultos y médicos los que tienen que tomar la decisión, que al final se reduce a lo mismo siempre: evitar el dolor innecesario cuando la vida es inviable con dignidad.

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