Feminismo y género ¿Cosa de mujeres?

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Imagen: Petra Varl / petravarl.com

   Según la filósofa Judith Butler, el género es una categoría de análisis que nos debería permitir una mejor lectura sociocultural de cómo se construye lo femenino y lo masculino. Pero así como los estructuralistas sólo se concentran en dicha estructura, Butler, que se inspira en el post-estructuralismo, también considera al sujeto como objeto de estudio. Analiza cómo se interrelaciona la estructura y la agencia del sujeto. Nos hace repensar asunciones sobre éste que dábamos como inmutables y matiza diferentes categorías de análisis como el sexo, la sexualidad, el género y cuerpo. Todas estas categorías de análisis, género y roles, son lo que Bourdieu denominaba divisiones constitutivas del orden social. Pero para Butler, no sólo el género está construido socialmente, también lo es sexo y sexualidad, así como “femenino” y “masculino”. Pone en tela de juicio también las identidades esencialistas, algunas de las cuales había asumido el feminismo, y propone una identidad más líquida. Según la autora, el miedo a ocupar una identidad no esperada por el resto de la sociedad hace que algunos de sus miembros, por defecto, adopten identidades normativas con la cuales no necesariamente se identifican. Por ello Butler cree que las categorías que hemos mencionado anteriormente deben quedar vaciadas de un significado axiomático.

   Uno de los cambios que ha sufrido el feminismo ha sido poner en punto de mira el género como objeto de estudio en lugar de la mujer como entidad biológica con una serie de atribuciones naturales. Pero el género no implica necesariamente el estudio de un nuevo compartimento estanco conceptual. Como dice Bourdieu, hay más divisiones sociales, y no necesariamente se deben de entender de manera dicotómica. Clase, sexualidad, ubicación geográfica y etnicidad, pero también estudios sobre la masculinidad y la diversidad sexual, son categorías analíticas que también deberíamos incorporar al análisis. La desigualdad de género no se puede comprender exclusivamente como un problema de mujeres ya que permea y se retroalimenta de diferentes maneras con el resto de categorías. Mujer y hombre deben ser objeto de estudio, ya que si se han construido roles y estereotipos necesariamente deben haber afectado a ambos. Debemos considerar cómo las diferencias biológico-anatómicas hacen indisolubles las expectativas sobre uno u otro género y cómo se construye ese determinismo biológico. Así podremos acometer mejor la difícil tarea de entender por qué homosexualidad, intersexualidad, o transexualidad nos muestran una diversidad que gravita sobre dos anatomías que estimamos bien diferenciadas y que creemos determinan nítidamente sendas opciones, cuando no es así. Dado que, por ejemplo, el papel de la mujer en la sociedad no se puede leer de manera exacta de manera transhistórica, nos apercibimos que quizá haya una relación entre sexo y género, pero éste último responde a una construcción cultural, ya que no se mantiene inalterable en el tiempo. Lo único que reconocemos inalterable es que la distinción cultural se sustenta sobre la anatomía, pero las posibilidades combinatorias entre sexo, género y sexualidad se nos muestran muy diversas. Por ello, como dice Stolke, el género es más algo que se hace, que algo que se es.

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Imagen: Petra Varl /petravarl.com

   Dentro de ese género construido y no ontológico podemos inferir que actuamos en base a dicho género y no a un sexo esencial. Resulta fácil pensar que si existen evidentes situaciones de desigualdad pudiera deberse al ejercicio de ciertos roles, los cuales se manifiestan produciendo valores culturales hegemónicos y otros subalternos. Es en esa hegemonía transhistórica que podemos llegar a naturalizar determinados constructos, pero como dice Bourdieu, lo que parece eterno, en realidad, no es más que un trabajo de eternización. Aunque naturalicemos determinadas relaciones sociales, resulta curioso, como admiten Lancaster y Di Leonardo, que las relaciones entre sexos vayan cambiando conforme cambia la cultura, la política o la economía. Y si algo ha cambiado, quizá no es porque se hayan surgido nuevos comportamientos, sino porque ha emergido a la vida pública expresiones no normativas a las que se les negaba su lugar.

   Aunque se antoja difícil estimar las fronteras exactas entre sexo, género y sexualidad, lo más importante que se ha aportado al debate, quizá, es que no esencializando las diferencias entre mujeres y hombres abrimos una negociación entre iguales. Al mismo tiempo se agregan nuevas distinciones de análisis al debate que favorecen una mejor radiografía social. Eso permite sacar a la arena sociopolítica problemas que se silenciaban o que incluso ni siquiera se percibían como problemas ya que estaban plenamente asimilados, como el acoso sexual, la feminización de la pobreza, o la violencia “doméstica”, que ahora se distingue también como “de género” cuando se ejerce fuera del ámbito privado y contra la mujer sólo por el hecho de serlo. Ésto último ha sido una categoría de análisis introducida por Nancy Chodorow, que, desde la psicología ha aportado nuevas sutiles distinciones al análisis. La psicóloga encontró paralelismos entre hombre y mujer y: cultura/naturaleza; producción/reproducción; y público/doméstico respectivamente. Un sesgo androcéntrico que hegemoniza lo masculino y circunscribe el ámbito de actuación de la mujer sólo a esferas secundarias. Lo que conocemos como patriarcado. Introducir estas categorías de análisis ha redundado en una mayor comprensión acerca de cómo diferentes sociedades producen o reproducen estructuras que perpetúan la diferencia cultural con la excusa de la biología.

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Imagen: Petra Varl / petravarl.com

   Pero en lo que hemos mencionado sobre género hay dos matices fundamentales. Cuando hablamos de que las mujeres están peor pagadas, sujetas a diferentes derechos, o menos presentes en política, estamos hablando del género como producto, pero cuando hablamos de la construcción sociocultural del género, entonces, nos estamos enfocando en el proceso. Y es en el proceso donde las políticas deben actuar si queremos productos diferentes. Es en el proceso donde los símbolos que se construyen deberían negociarse para producir nuevas significaciones. Ese proceso es social, económico y cultural. Al ser un espacio relacional debiéramos fijarnos si hay una representación plena en las distintas esferas, como en la distribución de los roles en el ámbito doméstico, en espacios de toma de decisiones, o en el ámbito público y privado. De todo ello pudiera derivarse una distribución sexual diferente del trabajo en base a prejuicios, valores o expectativas producidas mediante una construcción subjetiva que conceptualiza una serie de roles como propiamente femeninos o masculinos. De ahí podría surgir el estereotipo que naturaliza la diferencia y que más tarde se nos mostrará como producto ya construido. De ahí, ulteriormente, surgiría la sobresimplificación de las tareas diferenciadas de hombres y mujeres. Por ello, si construimos un relato subalterno y doméstico entorno a la mujer, no deberíamos sorprendernos al ver la imagen de la mujer en los media perpetuamente preocupada por la belleza, el hogar, el cuidado de los enfermos, o por ser una secretaria eficiente. Roles que tienen su origen en el hecho reproductivo femenino, el cual asocia esa facultad natural, análogamente, a tareas con una identidad reproductiva y no con un desempeño en ámbitos generativos y de poder. Un hecho ligado a las construcciones que se hacen entorno a los cuerpos y su sexo, pero como Butler dice, no hay manera de acceder a esa naturalidad del cuerpo, sino más bien a la naturalizacion performativa que se hace de él, el cual es un discurso, una expectativa, o una serie de normas que se crean entorno a ese cuerpo.

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Imagen: Petra Varl / petravarl.com

   Con todo lo anteriormente expuesto se hace difícil sostener que los estudios de género son una mera cuestión de mujeres. Estemos de acuerdo al 100% o no con la visión de Butler. En tanto a que responden a un aproximación que enriquece y amplía la comprensión de la sociedad, debería ser algo a considerar por todos los componentes de la misma. No es sólo un ejercicio intelectual de minorías, sino que aporta herramientas valiosas para el debate el seno de una sociedad diversa en lo sexual y en lo étnico. Nos da la posibilidad de debatir con visión renovada sobre unas estructuras que se creían naturalmente axiomáticas, pero que no han resistido el mínimo análisis con el simple devenir del tiempo. Habíamos asumido que nuestra subjetividad era un hecho objetivo incontestable, pero hemos descubierto que algunos de los axiomas se han caído al irse adquiriendo nuevas libertades. Había identidades que se mantenían aparentemente estables porque otras no eran socialmente aceptables y se reprimían, pero siempre habían estado ahí. Dado que no hay una sola identidad, la complejidad postmoderna nos advierte que reducir el debate a lo categorial puede eliminar un horizonte de mayor aceptación ante lo imprevisto y lo fronterizo. La aproximación relativista es una herramienta de acometido analítico de amplio calado. Bien es cierto que el tema que nos ocupa es controvertido, complejo, y puede generar resistencias. Sabemos que es difícil comprender lo relacional, como se retroalimenta y cómo se construye e interrelaciona de manera enmarañada construyendo nodos significantes. Sabemos que es más fácil de comprender la sociedad y sus elementos de análisis como si fueran totalidades, pero tampoco nos podemos quedar siempre en lo absoluto.

   Así, tanto “hombre” como “mujer”, al no considerarlos como entes unitarios, estamos obligados a repensarlos desdibujándolos como objetos de estudio, ya que no se considera que haya unos rasgos básicos acerca de qué es ser femenino o masculino. Eso sería estimar que hay un determinismo entre sexo y género, algo que las teorías de Butler ponen en entredicho. Por tanto, los estudios de género no son cosa de mujeres, sino de sujetos. Todos. Eso no quiere decir que el estudio y las políticas igualitaristas deban enfocarse a partes iguales tanto en hombres como mujeres, gais, lesbianas, transexuales, etc. El igualitarismo no significa dar por igual, sino a quien más necesita. Si hablamos de que el hombre y su cosmovisión tiene un papel hegemónico en la sociedad y el resto no lo tiene, son éstos últimos grupos que hemos mencionado los que deben ser incorporados mediante políticas activas. Los hombres también sufren injusticias, cierto, pero ese tipo de argumentos no deben invisibilizar ni desplazar el foco del problema, cuando no tratan de ningunearlo al no darle una categoría específica o una atención preponderante. Es como decir que los ricos también lloran. La lucha feminista no pretende una nueva hegemonía, dado que no es lo opuesto a un mundo androcéntrico, sino la equiparación, el rediseño de los roles, la justicia social y la no discriminación por el mero accidente de haber nacido una cosa u otra. Y eso, por supuesto, es cosa de todos, ya que todos formamos parte de la misma sociedad.

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