¿Es la ciencia imparcial? (I)

Jean F. Hall. Científica de computadoras en Argonne National Laboratory. Illinois, USA.1953
Jean F. Hall. Científica de computadoras en Argonne National Laboratory. Illinois, USA.1953

A la ciencia se la observa con recelo. El texto del biólogo Lewis Wolpert así lo recoge. Se palpa de manera cotidiana. Miedo a las ondas wifi, miedo a los aditivos, miedo a las vacunas u otros tratamientos farmacológicos, etc. Aunque muchos de nosotros utilizamos la tecnología a diario, dependemos de ella, o incluso le debemos la vida, efectivamente, hay motivos fundados para la sospecha. Muchas de las actividades humanas pueden presentar conflictos de intereses y la ciencia y la tecnología no escapan a esa realidad.

Bien es cierto que hasta no hace mucho la ciencia se encargaba más de entenderse a sí misma, de dilucidar epistemológicamente qué era o no ciencia, que a cuestionarse sobre su uso y lo que se pudiera derivar de ello. Al principio, el quehacer científico, fue un pasatiempo de nobles. Tras la Revolución Francesa los estamentos se cambiaron por clases, así que nobles y burgueses, además de casarse entre ellos para igualar rango social, también trasvasaron sus lógicas. El uso intensivo de la tecnología en las sociedades burguesas industriales, acabó consagrándose para poder producir más y más barato. El desarrollo de departamentos científicos para desarrollar productos o innovar tecnológicamente, fue cuestión de tiempo. El imperativo moral se obvió y los criterios de funcionalidad camparon a sus anchas.

Max Weber fue uno de los sociólogos primigenios que identificó a la tecnología y a la ciencia como responsable de un determinismo alienante. Pronto los obreros empezaron a ver a la tecnología como algo que además de quitarles el trabajo artesanal les esclavizaba en las fábricas con jornadas agotadoras. Así que el recelo de la tecnología y ciencia tiene unas raíces identificables en el pasado. ¿Pero cuál es la diferencia entre ciencia y tecnología? A grandes rasgos podríamos decir que la tecnología es la aplicación de la ciencia. Busca la aplicabilidad de las teorías científicas. La ciencia descubre y la tecnología gestiona y desarrolla ese conocimiento para ponerlo en práctica. En principio algunos descubrimientos no tienen valor monetario inicial, pero en la postmoderna actualidad diríamos que todo ello es relativo. Y lo es, puesto que hoy en día hasta las ideas valen dinero, ya que a menudo se convierten en productos tecnológicos de alto valor añadido.

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Electrólitos. Courtesy: US Department of Energy

¿Y qué dice Wolpert en su artículo? Según el biólogo la tecnología no es ciencia. Hemos utilizado tecnología desde hace milenios sin saber nada de ciencia. Puro ensayo error. La ciencia como tal es algo reciente. Cierto, pero el conocimiento científico parece ser que es algo aséptico para el biólogo, ya que dice que: ”el auténtico conocimiento científico no hace juicios de valor, ni tiene valores morales o éticos. La ciencia nos dice cómo es el mundo” y añade: “Los riesgos y las cuestiones éticas sólo aparecen cuando la ciencia es aplicada del mismo modo que la tecnología” (Wolpert, 2008, p. 128) Bajo su óptica, es cuando la razón científica se pone en marcha cuando pueden surgir los problemas. Según él los científicos no tienen porqué tomar decisiones morales, puesto que no tienen una formación al respecto. Tampoco se les debe censurar, sigue Wolpert, puesto que “una vez que se comienza a censurar la adquisición de conocimientos científicos fiables, se está en la más resbaladiza de las pendientes resbaladizas” (2008, p. 136).

Esa pátina de imparcialidad de la ciencia ha sobrevivido hasta nuestros días, como podemos apreciar en este artículo de Wolpert. Pero desde hace un tiempo la sociología, disciplina relativamente reciente, ha intercedido para aportar una perspectiva diferente. Durkheim, uno de los clásicos de la sociología, ya decía que las creencias y el propio conocimiento guarda un cierto isomorfismo con las sociedades donde surgen. Lo sorprendente es que le pareciera que la ciencia no operase del mismo modo. Los sociólogos clásicos como él dejaron de lado la ciencia como algo impolutamente imparcial. El único conocimiento no determinado por la sociedad parecía que era el científico. Pero los sesenta fueron años de protesta y revueltas sociales. Se cuestionó cualquier tipo de autoridad, incluida la científica. Algo no funcionaba en esa supuesta democracia. Lo que decían los científicos no era tampoco palabra del Señor. Durkheim, involuntariamente, había dado una de las claves que mencionamos anteriormente. El observador, por supuesto, traslada una carga teórica a lo observado. Hay sesgos y confirmaciones de expectativa, que pueden ser determinados por el paradigma adoptado. Si vemos al león como el rey de la selva es debido a ese isomorfismo o paradigma inserto en quien observa, así que lo que afirma Wolpert es altamente cuestionable.

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Lewis Wolpert. Fuente: Wikipedia

La “caja negra” de la ciencia tuvo que ser abierta. Las ciencias humanas no eran las únicas que podían estar contaminadas, las matemáticas, la química o la biología también. La ciencia también puede ser estudiada científicamente. Deberíamos preguntarnos cómo es que Wolpert ha llegado a pensar eso, qué factores sociales causan ese falso conocimiento. La tarea científica no es inmune a que la sociología o la antropología pueda valorarla. Dos científicos pueden observar lo mismo y ver cosas diferentes. Quizá por ello, en la actualidad, sean más creíbles los estudios científicos comparativos o metaanálisis que los estudios aislados, aunque los metaanálisis también pueden ser sesgados. Hay que guardar siempre cierta cautela.

Wolpert afirma que el conocimiento no debe ser censurado, pero el caso de la frenología nos previene que determinados estudios están condicionados políticamente y pueden convertirse fácilmente en confirmaciones de expectativa. Al igual que en la actualidad se estima que las múltiples revisiones de salud dan falsos positivos. Por poner un ejemplo, cuando se busca cáncer se acaba encontrando cáncer. Eso, del mismo modo, puede llevarnos a terrenos angustiosos de manera innecesaria. El conocimiento también debe preguntarse a sí mismo más allá de lo funcional; hay que valorar las ganancias morales. ¿Cuál es la ganancia de investigar algo que pueda apuntalar científicamente la discriminación? Qué se quiere conocer y para qué también se debe evaluar, por supuesto. El conocimiento sobrevenido no se censura, lo que se censura son determinadas líneas de investigación. Podríamos admitir la duda moral de alguna investigación si ulteriormente pudiera haber alguna ventaja terapéutica, por ejemplo, pero igualmente debe estar democráticamente sujeto a revisión. Si como ciudadanos tenemos derechos y obligaciones ¿por qué los científicos han de ser una excepción? La declaración universal de los derechos humanos ya nos da pistas sobre qué es aceptable o no. Así que lo que a Wolpert le molesta es que se evalúe la pertinencia o no de determinadas investigaciones. Eso, bien entendido, es democracia, no censura.

Buena parte de la sociedad asocia demostrable con verdad, pero la verdad es una categoría metafísica diferente a demostrabilidad. Algunas investigaciones podrían sobre-simplificarse de manera burda. Habría que subrayar, también, que los resultados no siempre arrojan nítidas conclusiones, sino interpretaciones dispares. Así que cuando Wolpert dice que “si se reiniciase la historia de la ciencia, su curso sería muy distinto pero sus conclusiones serían las mismas: el agua, por ejemplo, estaría formada por la combinación de dos átomos de hidrógeno” (2008, p. 134) no creemos que esté evaluando el total de los escenarios posibles, pues, como hemos dicho antes, dos observadores pueden ver cosas diferentes. Y ni siquiera sabemos que una caja negra como el agua a la que se refiere Wolpert no pueda ser sacudida por la física cuántica en los próximos años. Lo que podemos extraer de esto es que dado que no existe método científico sin estar sujeto a contingencias, necesariamente tampoco puede haber resultados sin contingencias, o sujetos a interpretaciones y revisiones paradigmáticas posteriores.

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ADN: Виталий Смолыгин, Courtesy: PublicDomainPictures.net

Por eso, el incluir a observadores in situ, en los laboratorios, como si de un estudio de campo antropológico se tratase es y fue un acierto. Nos ha permitido observar con mayor distancia la supuesta imparcialidad científica. Ha sacado a la luz cómo se selecciona, cómo el medio puede interceder en la supuesta universalidad o cómo los estudios científicos tampoco se libran de la retórica, algo que pareciera más propio de sofistas. No es la naturaleza de la ciencia la que per se nos puede brindar mayor o menor imparcialidad, sino la movilización de recursos que empleemos para revisar su papel. Lo que es social y lo que es científico se diluye fácilmente. Donde hay una actividad humana siempre cabe parcialidad o conflicto de intereses de cualquier índole. El biólogo en su artículo asegura que Algunos estudios demuestran cierto grado de desconfianza hacia los científicos, en especial hacia los que trabajan para el gobierno y la industria(Wolpert, 2008, p.134), y es que es verdad, en las actuales sociedades occidentales altamente dependientes de la tecnología y con lógicas cada vez más neoliberales, los recelos colectivos no sólo son fundados sino justos. Las mayores atribuciones a la individualidad neoliberal sin negociación con la colectividad es algo que conviene revisar si pretendemos unas sociedades con salud democrática. Por ello la ciencia y los científicos no pueden ampararse en un falso asepsismo lógico. Debe abrirse a la agencia de quienes también forman parte de la sociedad.

También es cierto, y cabe señalar, que hay una desconfianza exacerbada, conspiranoica e infundada muchas de las veces. Hoy nos preocupamos por aditivos, chemtrails u otras cuestiones porque el tifus, la disentería, la lepra o la peste ya no son trending topic. No por desconfianza quimiofóbica debemos volver a fiarnos del curandero que nos trata con empalagosa empatía. Falta cultura científica y democracia de manera biunívoca. Debemos hacer acopio de información solvente para saber si la alimentación biológica es musiquilla para el oído o si una pastilla homeopática es realmente lo que necesitamos. No por ir en contra de la ciencia clavarse agujas o imponer manos va a ser mejor, puesto que los conflictos de intereses operan para cualquier sector, sea un farmacéutico o un chamán New Age. Incluso el propio Wolpert sabe lo que significa un conflicto de intereses ya que él mismo fue demandado por plagio. Humano, demasiado humano, como diría el maestro de la sospecha Nietzsche.

BIBLIOGRAFÍA


Aibar Puentes, Eduard. (2010). Introducció. Breu història dels estudis de Ciència, tecnologia i societat. Barcelona: UOC.

Aibar Puentes, Eduard. (2010). L’estudi social de la ciència. De la sociologia de la ciència a la sociologia del coneixement científic. Barcelona: UOC.

«¿Cuál es la diferencia entre ciencia y tecnología? – DIFIERE». Accedido 21 de marzo de 2017. http://difiere.com/la-diferencia-ciencia-tecnologia/.

Davis, Nicola. «Eminent Scientist Lewis Wolpert Sorry for Using Others’ Work». The Guardian, 19 de enero de 2014, sec. Books. https://www.theguardian.com/books/2014/jan/19/lewis-wolpert-sorry-using-others-work.

«1/2008(OK).qxd – Es_peligrosa_la_ciencia.pdf». Accedido 22 de marzo de 2017. http://www.dendramedica.es/revista/v7n1/Es_peligrosa_la_ciencia.pdf.

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