¿Puede la tecnología tener género e intenciones políticas? (II)

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Mirando de reojo a Husserl, Sartre o Heidegger, podríamos decir, inspirados en ellos, que no hay separación entre sujeto y objeto, ni entre teoría y práctica. Somos seres arrojados en el mundo, un mundo socio-tecnológico de fronteras difusas. La tecnología forma parte indisoluble de nuestras vidas; ergo, podemos volvernos a ella en sí, como si fuésemos nosotros, como un ejercicio de alteridad sociológica. Si nosotros tenemos propiedades políticas, ¿por qué no los objetos? ¿De qué modo?

El catedrático de Humanidades y Ciencias Sociales del Instituto Politécnico Rensselaer de Nueva York, Langdon Winner, nos hace algunos apuntes al respecto. Deberíamos prestar atención a los objetos mismos y su significado, si constituyen fenómenos políticos por sí mismos y los objetivos que éstos persiguen. Por ejemplo, las avenidas diseñadas por el barón Haussmann a mediados del s. XIX, con el objetivo de evitar protestas callejeras, o los despejados campus universitarios estadounidenses de finales de los años 60, diseñados con plazas enormes, con el fin de evitar manifestaciones. Otro ejemplo, más allá del urbanismo, sucedió en Chicago, a finales del s. XIX. La empresa Cyrus McCormick tenía problemas con el sindicato de forjadores. La solución para dividir a los sindicalistas fue cambiar las máquinas que éstos operaban. Colocaron unas máquinas menos complejas, que podían ser utilizadas por mano menos cualificada. El producto era más caro de producir y de menor calidad, pero el sindicato fue eliminado.

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Langdon Winner en Madrid
Kandinski (Candeira) –http://www.flickr.com/photos/hiperactivo/4750837241/

Otra manera de observar la tecnología con ojos inherentemente políticos es preguntarnos si elegir una u otra tecnología no significa elegir un modo de vida determinado. Adoptar un sistema o solución técnica requiere la creación o distribución de sinergias para propiciar un ambiente de funcionamiento. Por ejemplo, adoptar el modelo energético nuclear propicia correlaciones diferentes a la adopción de energías renovables como la solar. La producción de energía nuclear requiere de una élite técnica, científica, industrial, militar y una férrea disciplina de trabajo. En cambio, producir energía solar es más compatible con una sociedad igualitaria y democrática . No necesariamente debe ser así, pero existe la posibilidad de esa descentralización de la producción energética por medio de placas fotoeléctricas. Por ello, según el profesor Winner, las tecnologías son en cierto modo patrones de ordenación del mundo. Elegir una u otra tecnología influye causalmente en nuestras vidas, en cómo trabajamos, nos comunicamos, viajamos, etc. Deberíamos de ser más críticos con los productos tecnológicos, ya que estos también son a su modo “sujetos políticos”, puesto que forman parte intrínseca de nuestras vidas. El determinismo tecnológico posee no sólo asépticas funciones racionales, sino también intenciones políticas.

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Placas solares. Foto: skeeze /pixabay

En sentido contrario, la socióloga Carme Alemany, en su trabajo “Tecnología y género. La interpretación de la tecnología desde la teoría feminista.”, nos propone un viaje inverso al de Langdon Winner. Tampoco cree, al igual que Winner, que ciencia y tecnología sean una acumulación transhistórica de conocimientos “objetivos” ni “neutrales”, pero ella hace énfasis en el trasfondo social de la producción científica y tecnológica. Cree que el determinismo tecnológico simplemente no existe, ni tampoco el biológico. Hay que dar una lectura no esencialista a ambos. Es decir, género y tecnología son estructuras contingentes ajenas al sujeto, y éstas se retroalimentan. Por ello hay que analizar cómo se produce, concibe y se consume la tecnología, porque todo eso conforma una caja negra que conviene revisar. Para ello la socióloga analiza en el seno de una empresa la trayectoria de una lavadora, es decir, cómo se diseña, produce y comercializa.

Sorprendentemente (o no) las mujeres apenas están presentes en los diferentes procesos de concepción, desarrollo o en puestos de toma decisiones, excepto en los laboratorios de ensayo. Ahí se dedican básicamente a comprobar los programas de lavado, ruido, etc. Nos preguntamos si esas funciones son en calidad de operarias o de amas de casa, ya que dichas mujeres no poseen conocimientos técnicos ni competencias para cuestionarlos. Más tarde, distribuirán los ingenieros de producto algunos prototipos de lavadora entre el personal femenino y secretarias de la empresa para que den su opinión. Una visión androcéntrica y de separación de trabajo por sexos a todas luces. Se parte de lo masculino para construir una nube de implícitos femenina. Además, el uso de la lavadora y sus programas parte de una cultura del lavado a mano transmitido histórica y oralmente entre las mujeres, con lo cual, la lavadora, lejos de liberarlas de esa tediosa tarea, les sigue correspondiendo a ellas, ya que comprenden mejor cómo utilizarla. La mayoría de hombres no pasa de lavar todo en frío, según Alemany. Así que esa brecha de aprendizaje masculina no se tiene en cuenta. Tampoco se diseñan lavadoras para personas solas o parejas sin hijos, ya que las cargas de 5 kg. están pensadas para familias de 4-5 personas. Tenemos en mente la tecnología como algo asexuado, sin embargo el departamento de marketing cuando traza el perfil del comprador o target piensa en una ama de casa. Así que echando un vistazo a todo el proceso vemos que cada estrato de producción está imbricado creando un sólo proceso social. Si queremos cambiar las relaciones sociales de sexo debemos analizar críticamente como construimos socialmente los artefactos, para así evitar propagar la subordinación de la mujer por medio de la tecnología.

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Foto: Unsplash/pixabay

Hasta aquí ambas visiones; una determinista, la de Winner, que muestra la tecnología como agente causal, y la otra, la de Alemany, centrada en el aspecto social. Ambas tienen buena parte de razón, pero quizá sean demasiado reduccionistas. Los sociólogos Trevor Pinch y Wiebe Bijker desarrollaron el Modelo SCOT (Social Construction of Technology), también conocido como Construcción social de la tecnología, inspirados en el Programa Fuerte (Strong Programme) desarrollado en la Universidad de Edimburgo. Ambos programas comparten un enfoque constructivista y opuesto a las teorías del sociólogo R. K. Merton, que postulaba sobre la neutralidad de la ciencia respecto de la sociedad. El Programa Fuerte parte de la presuposición que el conocimiento humano, incluido el científico-tecnológico sufre una influencia social en su proceso de formación. El Modelo SCOT irá un poco más allá al centrarse en la construcción social de un artefacto supuestamente exitoso. Veamos, entonces, qué puede aportar analíticamente al trabajo de Carme Alemany.

El Modelo SCOT coincide con ella en que ese artefacto se modela según unas necesidades y visiones psico-sociales, las cuales la autora identifica con el sexismo. También coincide en el análisis desde la concepción hasta el producto acabado, pero encontramos que deja un poco de lado los episodios de conflicto que contempla el Modelo SCOT. A menudo en las crisis y controversias afloran presuposiciones o nubes de implícitos que permanecen ocultas como cajas negras durante los procesos estables. Es decir, el principio de simetría, que sirve para explicar tanto el éxito como el fracaso de un artefacto, podría ser utilizado por Alemany para obtener una radiografía más completa de la problemática estudiada. Alemany muestra controversias técnicas menores, pero no artefactos fallidos. Nos muestra, además, una concepción lineal del artefacto, pero adolece de un muestreado histórico más profundo y genealógico, menos reduccionista. Se nota una cierta inflexibilidad interpretativa sobre el grupo de individuos que estudia. Los homogeneiza demasiado atribuyéndoles una identidad demasiado estable, con unas expectativas o lecturas de producto muy marcada. Esto no es baladí, ya que un mismo artefacto puede ser visto de muchas maneras. Sin ir más lejos, lo que para los técnicos está resuelto de manera eficiente, para la propia socióloga no lo es, y sin embargo hablamos de la misma lavadora.

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Foto: ArtsyBee/pixabay

De todos modos no olvidemos que el Modelo SCOT parte de las mismas tesis socio-constructivistas que emplea Alemany. Solamente podríamos echar a faltar algunos matices mencionados que enriquecerían aún más el estudio constructivista de la socióloga, pero en esencia, la perspectiva de ambos deja entrever una posición idealista acerca de la ontología de la tecnología. Falta hacer más observaciones de esos artefactos con independencia de lo que se declare sobre ellos, sin negar valor al corpus de conocimientos que representa el Modelo SCOT, el cual nos muestra que la presunta autonomía lógica de la tecnología no es tal. Pero hay que estar alerta ya que es fácil pensar que si eliminásemos esa intencionalidad constructivista obtendríamos objetos asexuados o socialmente no contaminados, algo a todas luces inverosímil. Se echa de menos una mirada bidireccional que confronte el objeto-en-sí contra el sujeto-en-sí. Como apuntábamos al principio, la mirada fenomenológica husserliana nos había advertido de esa ausencia de separación de ambos mundos; el social y el tecnológico. Pensamos en contrarios y en linealidad porque quizá es lo que mejor se acomoda al relato de nuestra mente, de nuestra cultura o, de nuevo, a ambas cosas a la vez. Pero lo cierto es que explicar solamente lo social de la tecnología puede llevarnos a no hacer cálculos del “impacto” de ésta. Los imperativos morales kantianos no siempre nos entregan el mejor de los artefactos, ni viceversa.

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Imagen: OpenClipart-Vectors/pixabay

Como vemos, la respuesta a estas cuestiones es compleja, y suele estar más cerca de la liquidez de Zygmunt Bauman que de teorías imperativas. Así, respecto a la pregunta central que surge, si los artefactos tienen entidades políticas o género la respuesta es que sí. Como hemos dicho, es así porque no existe separación entre objeto y sujeto. Somos lo que somos desde que usamos tecnología. La tecnología nos ha hecho humanos y del mismo modo podemos humanizarla. No existen mejores maneras de hacer tecnología, depende de para quién, para qué y en qué momento, dado que no se adopta necesariamente la mejor de las soluciones. Tampoco existen líneas directas que conecten el primer hueso convertido en herramienta con la tecnología espacial. Eso sólo puede ocurrir en un par de planos de Odisea del Espacio de Kubrick. Entre esos dos planos, que puestos a escala universal representan un abrir y cerrar de ojos, reside nuestra humanidad. Una humanidad plástica.

Por ello, la Teoría del Actor-Red o ANT (Actor-Network Theory) de Bruno Latour considera actantes tanto a humanos como no-humanos. Es decir, funciona como una tabla de enrasar entre lo humano y lo tecnológico, ya que otorga la misma consideración a ambos. Ello podría enriquecer nuestra perspectiva sobre la identidad política o de género de los objetos. Esta distinción de Latour o, mejor dicho, no-distinción, atribuye agencia tanto a lo humano como lo no humano, y además trata de explicarnos el mundo a través de un todo y sus partes. Ello alude metodológicamente al principio de simetría no sólo en lo social, sino también en lo tecnológico. Debemos observar actante y colectivo. Hay aquí un giro hermenéutico heideggeriano, ya que podemos observar bajo esta perspectiva el ser de los entes yendo a las cosas mismas. Ponemos en marcha la ontología en el seno de la tecnología. El actante posee significación individual solamente inserto en la totalidad. Su identidad es puramente relacional, y es lo que le da sentido. Género y política no se pueden considerar, desde esta perspectiva, de manera completamente autónoma o absoluta, sino relacional. Lo estructural se genera y regenera y del mismo modo los diferentes objetos se relacionan entre sí. Aplicar reduccionismos sociológicos como el contexto y contenido al entramado de un laboratorio científico o un departamento técnico, como la lavadora analizada por Alemany, se vuelve prácticamente imposible, pues no es fácil diseccionar donde empieza una cosa y acaba otra. Hay un entramado de identidades heterogéneas que ni siquiera son estables, ya que pueden cambiar roles, relacionarse de manera diferente con la tecnología, movilizarse recursos externos al laboratorio, y en definitiva, marcos conceptuales difusos que es mejor contemplarlos tanto como actores como redes, todo a la vez. Este postulado heterogéneo de la Teoría del Actor-Red viene a complementar la visión social del Programa Fuerte y el Modelo SCOT. Todo este corpus de ideas enriquecen la perspectiva que tenemos sobre nuestra relación con la tecnología, aunque también hay algunas objeciones.

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Bruno Latour. Foto: KOKUYO

Se ha acusado, no sin cierta razón, a la Teoría del Actor-Red de deshumanizar a los humanos y de un umbral de concreción bajo. Cabe señalar, sorprendentemente, que dicha teoría se llame actor–red, da la razón a las tesis de Carme Alemany, ya que evidencia un sesgo androcéntrico, que ella misma denuncia contra dicha teoría en el preámbulo de su estudio. Un poco extraño para una propuesta de la cual se pretende que emane una descentralización conceptual y que acusa a socio-construccionistas como Alemany de una excesiva reificación de sus explicaciones. También la socióloga critica a la Teoría del Actor-Red un cierto asepsismo, ya que se concentra más en las estructuras organizativas que en las relaciones de poder, de dominación o de clase, algo que sí corrige el Modelo SCOT y en lo cual coincido. Dicha teoría de actores trata en cierto modo de traslucir una cierta pátina de impolutez formal, pero muestra deslices incluso al autodefinirse.

En definitiva, no podemos asignar una agencia fatalista y causal a la tecnología ni tampoco podemos hacerlo sobre nosotros mismos en relación a ésta. La tecnología no es intrínsecamente buena o mala porque no es autónoma del ser, pero tampoco es neutral, puesto que somos nosotros quienes la fabricamos, así que resulta difícil creer que no haya un traslado de lógicas sobre ésta. Las teorías mostradas nos ayudan a comprender mucho mejor tanto lo que esperamos de la tecnología como de nosotros mismos. Todo ello debería ayudarnos a reflexionar sobre el malestar de las mujeres ante la tecnología, pero también por qué hemos llegado a creer que la culpa de un divorcio es simplemente de facebook. Es nuestra propia humanidad la que únicamente puede ayudarnos tanto a comprenderlo como a solucionarlo y eso, una vez más, incluye a la tecnología.

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